Los habitantes de ésta miraron con simpatía al extranjero, si bien le inundaron de comentarios. Varias personas, como D. Juan Amarillo y dos de los indianos, hicieron amistades con él.

En casa de Lantigua había ganado Morton las simpatías de los dos hermanos, por su trato afabilísimo, y la amenidad de su conversación. Demostraba un entendimiento privilegiado sin pedantería, sensibilidad exquisita sin afectación y acabado conocimiento de todas las reglas sociales.

No se le cocía el pan á D. Angel hasta plantear de lleno la empresa que pensaba acometer, apretándole á ello su tesón de apóstol cristiano y el natural afecto que el extranjero le inspiraba. Un día enunció el tema resueltamente.

Por desgracia para nuestra fe sacratísima, las santas aspiraciones del prelado no tuvieron éxito. Pasaban horas discutiendo sin que Morton revelase deseos de abrazar el catolicismo, y para que la pena del reverendo pastor de almas fuese más honda, ni aun pudo conocer de un modo claro las creencias religiosas del extranjero, que hablaba siempre en términos generales y eludiendo su personalidad. Maravilló ciertamente á D. Angel en estas disputas, estériles por desgracia para el aumento de la grey católica, el conocimiento que Daniel mostraba de todos los libros santos, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. No ignoraba lo más selecto de los Santos Padres, y conocía perfectamente toda la polémica religiosa del presente siglo y de los tiempos más cercanos, con las disposiciones del Santo Padre, el último Concilio y los triunfos y persecuciones recientes de la Iglesia de Cristo.

Mas de tanta erudición, hija de formales estudios y afición á las cosas divinas, nada de provecho sacaba el buen pastor, lo que le causaba amarguísima pena. Ultimamente había pensado desistir de su empeño, considerando que Dios elegiría, sin duda, otros caminos y ocasión distinta para llevar la luz al espíritu de aquel hereje.

En cuanto á D. Juan de Lantigua, si al principio asistió con interés vivo á los diálogos religiosos, pronto se apartó de ellos, por no permitirle perder ningún tiempo los trabajos que entre manos traía. Devorado por una ansia fervorosa, entregábase sin descanso á las lecturas y á la composición literaria, bebiendo en libros y derramando su pensar en cuartillas. Estaba su espíritu tan por entero dado á aquel afán, que no había fuerzas humanas que le arrancaran del despacho durante cuatro horas por la mañana y otras tantas por la noche. Su hermano le reprendía cariñosamente por esta tarea ardorosa y febril, que gastaba sus peregrinas facultades y le iba irritando el cerebro y enflaqueciendo las fuerzas físicas, en términos que D. Juan se desmejoraba más cada día. Pero no hacía caso él de los sermones episcopales, y seguía erre que erre sobre los libros, sacándoles el redaño para escribir después. ¡Admirable aplicación que debía dar por resultado una de las más hermosas obras de la época presente!

Una mañana era tanta su fatiga, que don Juan, sintiendo su cabeza más pesada que el plomo, salió á ver si se le despejaba conversando con Morton. Cuando llegó al gabinete de éste, extrañó que no estuviese allí de visita D. Angel, por ser costumbre tratar las polémicas en aquella hora.

—Vamos—dijo,—veo que mi buen hermano se ha visto obligado á levantar el sitio.

—El señor obispo—dijo Morton,—es tan bueno y tan sabio, que sin duda ganará muchas plazas en el mundo. Las que él no tome sin duda son inexpugnables.