Tomando pié de esto, D. Juan le preguntó si había firmeza en sus creencias, cualesquiera que fuesen. No vaciló en contestarle Daniel que sus creencias no eran superficiales, rutinarias y endebles, como las de la mayor parte de los católicos españoles, sino profundas y fijas; á lo cual contestó D. Juan que más le gustaba ver el tesón y la consecuencia en los sectarios de las falsas religiones, que la tibieza y despreocupación en los que tenían la dicha de haber nacido en la verdadera. Añadió que efectivamente se había debilitado mucho la fe en nuestro católico suelo, pero que este mal, ocasionado por los excesos revolucionarios y la influencia de extranjeros envidiosos de la Nación más religiosa del mundo, tendría fácil remedio en la propaganda, en las oraciones y en los trabajos de la Iglesia, si acertaba á encontrar un Gobierno piadoso que le ayudara.
Morton no pareció muy conforme con esta opinión. Sin embargo, deferente con su generoso amigo, dijo que confiaba en la regeneración religiosa de este país, si abundaban en él pastores tan virtuosos y tan ilustrados como D. Angel de Lantigua, y seglares como D. Juan.
—Yo conozco regularmente el Mediodía y la capital de España—añadió.—Ignoro si el Norte será lo mismo; pero allá, querido señor mío, he visto el sentimiento religioso tan amortiguado, que los españoles inspiran lástima. No se ofenda usted si hablo con franqueza. En ningún país del mundo hay menos creencias, siendo de notar que en ninguno existen tantas pretensiones de poseerlas. No sólo los católicos belgas y franceses, sino los protestantes de todas las confesiones, los judíos y aun los mahometanos practican su doctrina con más ardor que los españoles. Yo he visto lo que pasa aquí en las grandes ciudades, las cuales parece han de ser reguladoras de todo el sentir de la Nación, y me ha causado sorpresa la irreligiosidad de la mayoría de las personas ilustradas. Toda la clase media, con raras excepciones, es indiferente. Se practica el culto, pero más bien como un hábito rutinario, por respeto al público, á las familias y á la tradición que por verdadera fe. Las mujeres se entregan á devociones exageradas, pero los hombres huyen de la Iglesia todo lo posible, y la gran mayoría de ellos deja de practicar los preceptos más elementales del dogma católico. No negaré que muchos acuden á la misa, siempre que sea corta, se entiende, y no falten muchachas bonitas que ver á la salida; pero eso es fácil, amigo mío; ¿no comprende usted que esto no basta para decir: «somos los hombres más religiosos de la tierra?»
—Efectivamente no basta, no—dijo don Juan con voz triste, mirando al suelo.
—Usted conoce muchas, muchísimas personas ilustradas, buenas, leales, que no pueden menos de considerarse virtuosas; personas á quienes usted, que es tan buen católico, no negará su amistad; personas de quienes nadie se aparta con horror, personas amables...
—Ya, ya sé lo que usted me va á decir—indicó D. Juan melancólicamente.
—Pues bien, de esas personas... (y supongo que conocerá usted más de mil) de esas personas, ¿cuántas cree usted que cumplen el precepto fundamental del catolicismo, la penitencia?
—¡Oh! tiene usted razón, tiene usted razón—dijo Lantigua con verdadera angustia.—De cada cien, noventa y cinco no se han confesado en veinte años.
—Con la particularidad—añadió Morton,—de que la Iglesia manda confesar una vez al año á lo menos. Los grandes é intachables católicos, los que se pueden llamar vasos de elección (me refiero á los varones, querido D. Juan), gracias que cumplan esa vez al año, olvidando que la Iglesia aconseja una vez al mes y asegura que los que no lo hacen viven una vida relajada y están en peligro de perderse. Si tienen ustedes conciencia no deben suponerse en peligro, sino completamente perdidos.
—El precepto, el precepto, Sr. Morton—dijo D. Juan con sequedad,—no manda más que una vez al año.