—Hay otro síntoma—prosiguió Daniel,—que he observado muchas veces. Cuando en una casa rezan el rosario, los hombres se echan fuera, sin que por esto se alarme la familia femenina. He oído á algunos niños inocentes hacer esta pregunta: «Díme, mamá, ¿por qué papá no reza?» Muchas veces no se sabe qué contestar; pero en ocasiones se les dice: «Papá reza en su cuarto.» Pero donde reza papá es en el casino ó en el café. Las mujeres aquí, por lo general, creen que siendo ellas rezonas, no importa que sus maridos sean blasfemos. Debo añadir, y no creo que usted se ofenda por esto, que España es el país, no diré más blasfemo del mundo, sino el país blasfemo y sacrílego por excelencia.

—En eso tiene usted razón—afirmó Lantigua con pesadumbre.—También reconozco la irreligiosidad; pero usted parece indicar que las causas de este grave mal están en otra parte que en la filosofía y en las libertades modernas.

—No puedo creer que estas dos cosas hayan arrebatado al pueblo español sus creencias. En otros países hay más, muchísima más filosofía que aquí, más, muchísimas más libertades, y sin embargo, la fe religiosa no muere. ¡Hablan de revoluciones! Si en España no ha habido nada que merezca tal nombre, amigo mío. Si en España todos los trastornos políticos han sido tempestades en un vaso de agua. Por Dios, ¿qué idea hemos de formar del espíritu religioso de un país si es tal que lo echan por tierra esos quince ó veinte movimientos políticos que se han sucedido desde 1812? Comprendo que los grandes edificios caigan en el sacudimiento de un terremoto; pero ¿cómo han de caer con la trepidación que producen las patadas de un regimiento de caballería? Admitiendo, como no puede menos de admitirse, que ustedes no han tenido grandes cataclismos, es preciso deducir que los edificios caídos no pueden haber sido muy grandes. Fuéronlo, sí, en otros tiempos; pero al entrar este siglo todo estaba ya carcomido. España, como la mujer rencillosa de que habla el Eclesiastés, es ahora un tejado con muchas goteras.

—No admito eso de que no hayamos tenido revoluciones—dijo D. Juan.—Las hemos tenido superficiales y profundas en el orden político; pero ¿y la irrupción de libros, y la transformación social, esas oleadas de soberbia, de amor al lujo, de concupiscencia, de materialismo que nos vienen de fuera?

—Veo que muchas cosas que en otras partes hacen poco daño, aquí envenenan. Sin duda el organismo moral de España es tan endeble como el de aquellos séres enfermizos y nerviosos, que se emponzoñan sólo con el olor del veneno.

—¿Con el olor...?

—Sí; porque de los inmensos progresos industriales, del lujo, del colosal aumento de las riquezas, del refinamiento material, ustedes no tienen más que el olor. España, por lo que veo, no puede vivir sino metiéndose dentro del fanal de su catolicismo para que nada la toque ni contamine, para que ni átomos siquiera de lo exterior lleguen hasta ella.

—¿Y qué le recetaría usted?

—El aire libre—dijo Morton con energía,—el aire libre, el andar sin tregua entre toda clase de vientos, arriba y abajo, dejarse llevar y arrastrar por todas las fuerzas que la solicitan; romper su capa de mendigo ó mortaja de difunto y exponerse á la saludable intemperie del siglo. España se parece al enfermo de aprensión, todo lleno de emplastos, vendajes, parches, abrigos mil y precauciones necias. Fuera todo eso, y el cuerpo enfermo recobrará su vigor.

Habían llegado á un punto de la discusión en que D. Juan, creyendo á su huésped totalmente descarriado, le tenía lástima.