—Sí, papá. La casa de la Cortiguera será, aunque no tiene más que medio techo, un palacio para el pobre Caifás.

—¡Un verdadero palacio!—dijo Su Ilustrísima.—¿Sabe usted dónde es, Sr. Morton? Allí detrás de aquella loma, por donde están los cinco viejísimos castaños que llaman en el país los Cinco Mandamientos.

Morton miraba, y D. Angel hacía indicaciones con el palo.

—Bueno, pues que se meta en la casa.

—Bien, Juan, bien determinado. Vaya, niños, ahora os podéis marchar. La señorita Gloria os dará para cubrir esas carnes.

Gloria salió corriendo á dar la noticia al pobre Mundideo. Los chicos fueron detrás.

Cuando la señorita volvió, D. Angel se había unido al doctor Sedeño, que le mostraba las cartas recién llegadas, y D. Juan se acercó á los albañiles que habían venido para componer la capilla. En el jardín tan sólo estaba Morton. Gloria, al verse sola junto á él se turbó ligeramente. Dudó si seguir ó detenerse, y cuando el extranjero se dirigió á ella en ademán de hablarle, tembló como tiembla el reflejo de la luz en el agua cuando ésta se mueve.

—Gloria—dijo Morton,—¡qué felices son los pobres de Ficóbriga!

—¿Por qué?—preguntó la señorita.

—Porque usted se ocupa de ellos.