—¡Este pobre Caifás es un infelíz!... Tiene fama de vicioso y de malvado, pero es un alma de Dios. Yo no puedo menos de favorecerle. ¡El me quiere tanto!... Se dejaría matar por mí.

—Eso lo comprendo. ¡Morir por usted!... ¡Ah! Gloria, yo haría lo mismo.

—¿Qué?...—dijo la señorita con turbación.

—¡Morir por usted! Es lo único posible después de haberla amado.

—¡Daniel, por Dios!

—¡Gloria!... ¿De qué manera lo diré para ser creído?

El expresivo rostro del extranjero revelaba una emoción grave y honrada.

—Me voy—dijo Gloria de súbito.

Veía claramente la emoción que brillaba con luz singular en los azules ojos del hamburgués. Medía también la inmensidad de la suya, que le alzaba turbulento oleaje en el fondo del alma, y de ambas tuvo miedo.

—¿Se va usted?—dijo Daniel dando un paso hacia ella.