—Sí.
—No sin oir una cosa.
—¿Una cosa?
—Que la adoro á usted.
Ya se lo había dicho Morton dos veces; pero no con las mismas palabras ni con la vehemencia de entonces.
XXV
Otra.
A los dos días de esta escena y después de almorzar, Gloria estaba en su cuarto muy atareada. Había salido por la mañana á comprar algunas telas y luégo revolvía sus roperos buscando todo aquello con que pudiera vestir la desnudéz de los hijos de Caifás. El señor obispo entró á la sazón, y le dijo mostrándole un envoltorio de papel:
—Mira, sobrinita, esto es todo lo que poseo. Los tiempos revolucionarios nos tienen á los pobres obispos á la cuarta pregunta.