—¡Oh! ¡tío, qué bueno es usted!... ¿á ver?—dijo Gloria sacando las monedas del papelejo que las aprisionaba.—Esto es un caudal: con esto y con lo que yo tengo le desempeñaremos á Caifás los colchones, parte de la ropa, y las herramientas para que trabaje y sea hombre de bien.
—Has pensado admirablemente. Yo siento no tener más. He rebañado, hija mía, he rebañado mi erario sin poder reunir ni un ochavo más. ¿Pero no ves que estamos sin renta? Este invierno las pobres monjas de *** me han limpiado las arcas. ¡Infelices! yo quisiera tener millones para dárselos.
—¡Bendito sea usted mil veces!—exclamó la joven con piadoso entusiasmo.
—Yo no opino como tu padre—dijo Su Ilustrísima,—que debamos privar en absoluto de dinero á ese desgraciado Mundideo. El dinero es necesario para todo, y si como tú dices y yo lo creo, no es un perverso sino más bien un pobre de espíritu, justo es que le ayudemos á salir de su miserable estado. Convéncele de la necesidad de que sea económico, bien arreglado, precavido.
—Su infame mujer tiene la culpa de todo.
—«¡Infame!...» no des tales epítetos á ningún nacido de madre, sin estar bien segura de que lo merece—dijo el reverendísimo en tono de afable amonestación.
—Es verdad, tío; pero ello es que la Caifasa no es buena. Todo el mundo dice que no es buena.
—¿Vas á mandar esos trapos y ese dinero al pobre desterrado de la Cortiguera?
—Se los llevaré yo misma.
—De buena gana te acompañaría. Una sola felicidad hay en el mundo, hija, y es la que proporcionamos á los demás.