—No te lo puedo negar. Hablemos de todo eso tan caro á mi corazón. Hablemos toda la noche hasta que venga el día, hasta que llegue la hora.

Largo rato se oyeron las voces de la madre y el hijo en sereno coloquio. Por último, ya muy tarde, se fueron extinguiendo; la voz de Daniel dejó de oirse. Suspiraba la madre y él dormía.

¡Oh, cuánto deploró Isidorita que todos los humanos no hablasen un mismo idioma! ¡Con cuánta rabia vituperó los pecados de los hombres que trajeron la pícara multiplicación de las lenguas!... Porque si Esther y Daniel no hubieran hablado en alemán, inglés, ó lo que fuera, ella, Isidorita la del Rebenque, se habría enterado de todo para contarlo á sus amigas.


XXIX
El catecúmeno.

El Sábado Santo ofició Su Eminencia en la Abadía, celebrando las hermosas ceremonias de la bendición del agua y el fuego. Fué luégo á su casa rodeado de inmenso gentío, y comió con toda la familia y con el cura, á quien no cesaba de felicitar por su sermón de la Soledad, predicado en la tarde del día anterior. El buen Romero, empleando las figuras más patéticas, dando realce á las ideas por medio de la expresión, del dramático gesto, de las inflexiones vocales, había hecho llorar á todo el auditorio. Cuando dirigió la palabra á la propia imagen de la Soledad, diciéndole: «Señora, ¿dónde está vuestro amado Hijo?» un estremecimiento de compasión corría por toda la Iglesia de alma en alma, y aquel mar se alborotaba con olas de congojas y vientecillo de suspiros.

Después de la comida, pasó algún tiempo dedicado á conversación grata sobre diferentes asuntos, y D. Silvestre ponderó el buen estado de los campos y la probabilidad de una buena cosecha. Dijo que él había esparcido ya las toperas en sus prados y que los estaba abonando con ceniza y estiércol; que debía anticiparse unos días la siembra del maíz, por estar bien enjugada y rastrada la tierra, y que él (D. Silvestre) no aguardaba para echar el grano sino á que estuvieran arreglados los setos, destruídos por las derrotas. Aseguró que los semilleros que estaba preparando en cama caliente le darían las ensaladas más ricas que había visto hasta entonces la provincia, y que por haber sido Marzo y Abril poco ventosos estaban los frutales que parecían árboles del cielo. Los ingertos de aquel año daban envidia.

Don Angel mandó á su sobrina que se vistiera de ceremonia, y aunque Gloria quiso hacer alguna objeción, no fué oída, y repitióse la orden. También Serafinita se decoró un poco, sin salir de su ordinaria modestia.

Pasó algún tiempo en estas cosas; que aun las monjas, como mujeres que son, no se ponen una toca en cinco minutos. D. Angel dió un paseo por el jardín, quejándose del descuido en que estaba y de la ofensa que su sobrina hacía á Dios, matando de sed á las pobres plantas. Después llamó á Gloria y encerróse con ella en la capilla de la casa, siendo la conferencia de dos horas largas. Al salir de la capilla, la joven tenía los ojos encendidos; pero su apariencia era la de un alma tranquila y confiada. Oraron con Su Eminencia en la capilla durante otro rato no pequeño, Gloria y Serafinita, mientras D. Silvestre y D. Buenaventura, charlando en el jardín, chupaban magníficos puros, concupiscencia que no está literalmente comprendida en las abstinencias propias de la semana de vigilias.