El día no podía ser más placentero. No corría aire, ni la más delicada mata de los árboles se movía: no se oía el ruído del mar. Todo era silencio y quietud, cual si en la Naturaleza hubiera solemne pausa de espectativa, ó el asombro precursor de un gran suceso. Su Eminencia marchó al fin á la sala seguido de las dos mujeres, á punto que del despacho bajaba el doctor Sedeño, después de escribir varias cartas por orden del prelado. Ninguno hablaba, y en la familia toda notábase una actitud de meditación y solemnidad, señal evidente de que para todos los miembros de ella aquel día no era como los demás.
Entró D. Angel en la sala y tomó asiento en el sofá, que era en tal sitio lo que el altar en la Iglesia, y á su sobrina le señaló el asiento de la izquierda, después que su hermana depositó su carne mortal en el de la derecha. Más lejos tomaron asiento el cura y el secretario. D. Buenaventura había salido para volver pronto.
La cara angelical del señor arzobispo revelaba preocupación, pero en muy poca dosis. Estaba como el cielo cuando hay en él una sola nube. A veces sonreía, como queriendo dar á entender su deseo de ver alegres á los demás; pero Serafinita fruncía el ceño, porque las cosas graves exigían, según ella, la mayor compostura. Gloria miraba alternativamente al suelo y á su tío, como el que no tiene más que dos pensamientos, la muerte y Dios. O por llanto reciente ó por una exagerada movilidad de su corazón y de su sangre anhelantes de vida, se habían encendido con vivos colores sus mejillas, tanto tiempo pálidas. Aquel abrir de las rosas de su cara parecía anunciar una primavera tras tantas tempestades, y con ellas había renacido todo el esplendor de su hermosura. Pero ¡qué gran diferencia desde que la vimos por primera vez! La inquietud graciosa y las volubles miradas de entonces se mudaron en una actitud reflexiva y circunspecta, cual si para ella no hubiera ya más motivo de atención que ella misma. Desde entonces, hasta el momento en que ahora la vemos, habían transcurrido esa distancia inmensa y ese largo siglo que median entre el no amar y la maternidad, paso de un planeta á otro, intermedio que equivale á cien vidas, mar entre dos orillas cercanas, pero lleno de dolores, júbilo, palpitaciones, pureza y miserias, gracia, terror, esperanza, desconsuelo, devoción, risa y llanto.
—Si pudiera conservarme serena cuando venga—decía Gloria para sí,—de modo que no se conozca lo que hay en mi alma... Pero así como yo leo en la suya, leerá él en la mía.
El rostro de Gloria que estaba tan encendido, se quedó como el mármol cuando entró D. Buenaventura acompañado de Daniel Morton.
—¡Qué cara!... ¡pobrecito! ¡me muero de pena viéndole!—pensó Gloria, mirando al que entraba.—Parece un reo que va al patíbulo.
Después de contestar afablemente á su saludo, D. Angel rogó á Daniel que se sentase. Hízolo éste, y el cardenal dijo:
—Ha llegado el momento de que mi familia, Sr. Morton, abra á usted los brazos, perdonándole. Ha llegado el momento de que cesen tantos males, y de que un abrazo de paz y las bendiciones de la Iglesia terminen la grandísima consternación en que todos estábamos. ¡Bendita sea la misericordia del Señor! Señores—añadió dirigiéndose á sus amigos y hermanos,—este hombre da lealmente su mano de esposo á mi sobrina en justa reparación de...
Aquí la fácil elocuencia del prelado tuvo un ligero tropiezo, mas al punto se enderezó tomando mejor rumbo.
—Entrará en nuestra familia... Yo le recibo con los brazos abiertos. Doblemente lisonjero es este suceso, porque el matrimonio que tantos bienes traerá consigo irá acompañado de un prodigioso triunfo de nuestra Fe. Señor Morton, ¿persiste usted en su idea de abrazar la religión cristiana, única verdadera?