Así fué en efecto, y luégo ocupáronse ambas de la túnica de terciopelo morado, no por cierto inconsútil, que acababa de componer Isidora.

—De veras digo—manifestó Teresita,—que si sé que tenemos procesión este año, le regalo una túnica nueva al Salvador. Entre mis sobrinas y yo la hubiéramos hecho en un momento. Esta no se puede mirar. Serafinita me dispense; pero esto es un pingajo... ¡Qué galones! ¡Qué forros! Y gracias á que tú has hecho prodigios con la aguja, Isidora. Vamos, no puedo ver este descuido. ¡Ah! los Lantiguas, los Lantiguas... mucha devoción de pico, mucho hablar de cosas santas... mucho discurso y mucho librote... Pero los hechos, las obras; ¡ah! yo me fijo en las obras y sólo por ellas juzgo... Arriba con la túnica. Yo subiré la escalera; alarga los brazos todo lo que puedas.

Apenas quedara cubierto el cuerpo del Señor, abrióse la puerta de la capilla, dejando ver una boca remilgada y sonriente, dos alegres ojos pequeños, apenas visibles entre los pliegues de la cara contraída por la sonrisa, una naríz redonda como avellana, un cuerpo forrado en verdinegra funda desde el cuello á los piés, dos brazos negros, en fin, toda la persona de Agustín Cachorro, sacristán de la Abadía. Ya sabemos que el año anterior se había quitado la plaza á José Mundideo, á quien más tarde se dió la de sepulturero. Su sucesor en la sacristía era un hombre que había sabido conquistar simpatías en puestos análogos, y, la verdad sea dicha, ninguno existía más atento á sus deberes. Honrado, activo, complaciente, respetuoso y siempre festivo, el buen Cachorro agradaba á un tiempo al cura y á los fieles, al pastor y al rebaño.

—¿Qué tal, señoras mías, se trabaja muchito?—dijo desde la puerta.

—Entre usted... entre usted... hermano Cachorro—respondieron á una y chillonamente las tres.

—Esperen un ratito, que voy á meter las palmas en la sacristía. Vaya, que está muy guapo el Salvador... ajajá... ¿quién conoce á este caballero?... Ya se ve, con tales ayudas de cámara...

—Entra, Cachorrillo—dijo Teresita, que tenía gran familiaridad con él.—No podías haber venido más á tiempo. Las tres te necesitamos.

—¿De veras?... ¿Y si me riñe el señor cura porque abandono mis obligaciones?