Agustín entró riendo, pues la risa era en él su fisonomía.
—Vas á ayudarnos á poner el borriquito en su sitio.
Cachorro tomó el tiento á la escultura, que no era de plumas.
—¡Ay, mi niño, cómo pesas!... pareces un pecado—exclamó echándoselo á cuestas.
El animal tenía en sus patas cuatro espigones de madera, que encajaban en otros tantos agujeros abiertos en las andas al lado izquierdo del asna madre que montaba el Señor.
—Ya está—dijo Cachorro afirmando al animal en su sitio.—Señoras, adiós.
—¿Pero te vas?
—No se vaya usted.
—Señoras, hay que tener paciencia—dijo el sacristán.—Yo me estaría aquí todo el día con mucho gusto, ayudando á mis niñas y cargando el borriquito; pero el señor cura me riñe y dice: «¡Anda, hipocritón, que no sirves más que para retozar con las santurronas!...»
—Es el tal D. Silvestre el hombre más deslenguado...