—Es cierto, sí. Varias personas se retiraron de la capilla cuando yo entré—dijo Gloria á medias palabras.

—¡Ay!—murmuró doña Serafina llevando ambas manos á su sereno rostro y llorando sin consuelo.—Grandes penas he sufrido; pero nunca se ha sonrojado mi cara como hoy... al ver...

El llanto la ahogaba.

—Al ver—prosiguió,—que en esta villa, en esta santa Iglesia, en nuestra capilla, había de ocurrir una escena semejante. ¡Cómo podía ocurrírseme que al entrar en ella la hija de mi hermano, la hija de aquél que fué tan justamente querido en todas partes... de aquél que tanto enalteció con sus virtudes y con su talento el nombre de Lantigua...! ¡cómo podría yo pensar que al entrar tú, una mujer de mi sangre y de mi nombre, en esta capilla, habían de huir escandalizados los fieles con espanto de tu compañía!

Gloria no contestó. Con las manos cruzadas sobre las rodillas, tocando la barba en el pecho, oía el lastimero clamor de su tía, hallándose decidida á apurar sin protesta el cáliz.

—Yo lo sufro con paciencia—continuó la señora tomando las manos de su sobrina y estrechándolas con cariño.—Yo lo sufro con paciencia, y además, hija de mi alma, reconozco que tienen razón.

Al oir esto, Gloria se estremeció. Sus labios se desplegaron incitados por la palabra que quería salir... pero no dijo nada, y volvió á inclinar la cabeza.

—Sí—añadió Serafinita,—sí, tienen razón. El inmenso cariño que te tengo no me ciega, hija, y veo con claridad tu tristísimo estado, y disculpo á las personas que apartan de tu presencia á las tiernas niñas... Si hicieras lo que yo te ruego á todas horas... Si siguieras mis indicaciones, que son las de una madre desinteresada, y se ajustan al criterio de tu padre y á la voluntad de tu santo tío, entonces, querida Gloria, ¡cuán distinta sería tu situación ante Dios y ante los hombres! Las circunstancias terribles de tu caída exigen que renuncies á todo, que mueras para el mundo, para la sociedad, para todo, absolutamente para todo, que sólo vivas para Dios. Gloria, amada hija mía—añadió alzando la voz con acento que tenía algo de terrible,—muere, muere para el mundo si quieres salvar el alma.

—¡Muerta estoy!—murmuró Gloria en un gemido.

—No, porque esperas aún en cosas de la tierra.