—No espero nada—repuso la huérfana.—Acepto la expiación horrible que me ha sido impuesta, y la acepto sin ira, con humildad. Perdono las injurias; no siento ni aborrecimiento ni antipatía por los que han hecho de mi nombre la palabra favorita del escándalo; no diré una sola voz por defenderme, porque sé que todo lo merezco, que mis culpas son grandes; bebo hasta lo más hondo, hasta lo más repugnante de este cáliz amargo, y ofrezco á Dios mi corazón llagado que chorrea sangre y que jamás, en lo que le resta de vida, dará un latido que no sea un dolor.

—Padeces, sí, padeces—dijo la tía con amor;—pero no lo bastante. Hay en tu mismo martirio y en esa expiación de que hablas una independencia, una rebeldía, que ya es un nuevo pecado.

—¿Qué debo hacer para no ser rebelde? Estoy dispuesta á todo—declaró la joven arrojando fuera hasta el último átomo, si así puede decirse, de libre albedrío.

—Reconciliarte completamente con Dios.

—¿No lo estoy ya?

—Creer todo lo que manda la Santa Madre Iglesia.

—Bien. Lo creo.

—Y después... después entrar en un convento.

Al oir esto, Gloria alzó la cabeza. Creeríase que en su alma estallaba repentina sublevación de sentimientos poderosos que no podía dominar. Sin duda iba á decir algo enérgico y categórico, porque sus negros ojos brillaron y sus labios palidecieron; pero la voluntad, más firme cuanto más combatida, cayó como la losa de un sepulcro sobre aquello que con audacia se levantaba, y bien pronto todo su espíritu fué paciencia.

—Si un convento—dijo sordamente,—es una sepultura donde se entra viviendo, yo quiero vivir para todo lo que no sea Dios y mi remordimiento, quiero vivir en la soledad más negra y más completa que pueda imaginarse, quiero que mi nombre no exista más en la memoria de nadie, á no ser en la de aquellos que lo pronuncien para ultrajarme, y que mi persona en el mundo sea como una figura trazada en el agua.