—Toma—dijo secamente y con acento de desprecio, también indicado por el familiar tratamiento.
—¡Ay!—repuso Morton gimiendo,—no es pan lo que quiero: otro menos cruel que tú me lo ha dado antes. Pan se da hasta á los perros. Dame tu compañía, tu fraternidad, tu conversación, tu tolerancia, el consuelo de la voz de otro hombre, algo que no sea discordias de religión, ni torpes acusaciones por un hecho de que no soy responsable, ni injurias que indican rabia de secta... ¿Por qué te niegas á tomar mi limosna? ¿Me tienes miedo?
—Horror.
—¿Por qué?
—Porque así debe ser. Adiós.
El anciano se retiró, y á cada pocos pasos volvía la cabeza para mirar al hombre de los treinta dineros.
Oprimió su cabeza entre las manos, Daniel permaneció largo rato en meditación dolorosa. Después exclamó con airado acento:
—¡Ah! impío Nazareno... ¡nunca seré tuyo! ¡nunca!