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Hospitalidad á medias.

Había pasado más de una hora cuando sintió ruído de pasos. Un hombre subía la escalera. Daniel le reconoció al instante.

—¡Caifás!—gritó levantándose.

—Señor Morton—dijo Mundideo con asombro.

Vivísimo gozo se pintaba en el semblante del forastero. Tomó á Caifás del brazo y le dijo con acento conmovido:

—Tú también me conoces; pero tú no me rechazas.

—Parece que no ha podido usted encontrar alojamiento—dijo Caifás.

—Y tú me ofreces el tuyo. ¡Cuánto me alegro de encontrarte, José! Eres una aparición divina. Me hielo de frío. Tengo mi equipaje en el Ayuntamiento, y no quieren dármelo hasta mañana. Mi criado está preso.

—Ya lo sé... ¡Que un caballero tan poderoso pase la noche en la calle...!

—¿En dónde está tu casa?