—Nos dijo estas mismas palabras: «Queridos hermanos; en el asunto de la pobre Gloria, obrad con arreglo á las ideas de nuestro idolatrado Juan Crisóstomo, que está en el cielo. Haced lo que él habría hecho si hubiera sobrevivido á la horrenda catástrofe de su honor. Inspirémonos en su recuerdo; seamos herederos fieles de su conducta, ya que no podemos serlo de su inteligencia poderosa. En Roma no olvidaré este espantoso asunto, y cuando vuelva espero traer alguna luz.»

—Eso dijo, sí—repuso D. Buenaventura.—Yo creo que el mejor modo de proceder con arreglo al pensamiento del pobre Juan es hacer lo que nos inspire nuestra conciencia. Juan habría hecho lo mismo.

—¡La conciencia!—exclamó Serafinita moviendo la cabeza.—Esa palabra, por decirlo todo, á veces no dice nada. ¡La conciencia! ¡Ay! Ventura, yo veo á la tuya inclinada á ciertos acomodamientos más deshonrosos que la misma deshonra que pretenden evitar; la veo dispuesta á eso que el mundo llama transacción, justo medio ó no sé qué. Piénsalo bien y dí si en este caso horrible puede hacerse más que aceptar el golpe que el Señor se ha dignado descargar sobre nuestra familia, abrumándola de vilipendio; díme si es posible otra cosa más que sucumbir gimiendo y llorar nuestra deshonra, haciendo todo lo posible para que no se divulgue lo que no debe divulgarse.

—Y al fin será del dominio público.

—No...—dijo vivamente Serafinita con cierto orgullo.—Hay algo que no se sabrá nunca, al menos por ahora... Mi prudencia responde de ello; mi discreción me asegura que en eso no picarán las viperinas lenguas de Ficóbriga.

—También en eso picarán...

—Pues sea lo que quiera... Si Dios dispone que la vergüenza aumente, aumentará. Estoy preparada á todo. Ya nada me espanta. El Señor ha querido probarnos. ¡Bendita sea su mano!

—¡Bendita sea!—repitió D. Buenaventura.

—No, tú no puedes decir eso,—objetó vivamente Serafinita.—Tú no puedes bendecir la mano que nos ha herido, porque quieres rebelarte contra ella; quieres hacer ahí unas composturas y unos amasijos y unas combinaciones de que no puede resultar nada bueno para la conciencia ni para la fe cristiana. ¿A qué aspiras tú? Vamos á ver; dímelo claramente.

—A lo que se aspira siempre cuando ocurren estas desgracias en una familia honrada—repuso D. Buenaventura con flemático acento.