—Si el caso presente fuera como otros muchos que vemos un día y otro en nuestra sociedad, pase—dijo la señora sintiéndose fuerte con sus argumentos;—pero ya sabes que desde que el mundo es mundo, Ventura, no ha ocurrido un caso como éste, al menos en España. Se podría creer que Dios ha enviado tan singularísimo y horrendo suceso como una especie de aviso, con el cual quiere advertir á los españoles los conflictos dolorosos que les aguardan...
—Hermana—dijo D. Buenaventura interrumpiéndola,—sin quererlo tal vez, has dicho una cosa muy sabia.
—No te burles—repuso Serafinita rascándose tras de la oreja con una de las agujas;—lo que quiero decir es que si el caso que estamos llorando fuera como otros... Estoy cansada de ver niñas caídas en un momento de debilidad, por una ilusión funesta... pero hijo, la ley, la religión y la misericordia paterna hallan medio de arreglar estas cosas entre nosotros.
—¿Y por qué no hemos de aspirar ahora á un resultado semejante?
Serafinita miró con estupor á su hermano, dejando caer la media negra sobre sus rodillas.
—¡Estás loco!—exclamó.—Ventura, Ventura, ten presente que para que caiga la bendición del cura sobre este nudo horrible y lo desate y lo ate después debidamente, es preciso que Dios deshaga el mundo y lo vuelva á hacer de otro modo; que veamos desbaratada pieza por pieza la sociedad actual con sus creencias, sus castas, sus leyes, y vuelta á armar después, conforme á tu gusto y capricho.
—Puede ser que quedara mejor—dijo don Buenaventura sonriendo y balanceándose en la silla.
—Pues anda, pon tu mano en la obra, enmienda la hechura de Dios y de tantos siglos...
—En suma, querida hermana—manifestó Lantigua resueltamente;—yo no quiero enmendar la obra de Dios, ni volver el mundo del revés. Reconozco la fuerza del argumento terrible que acabas de hacerme. ¿Pero no es lo más prudente y lo más cristiano tentar todos los medios antes de declarar irreparable esta desgracia? Todo el daño producido en las esferas de lo humano es humanamente susceptible de remediarse.