—Ya sé que ese mérito no es grande, querida tía; ya sé que hay sacrificios mayores, mucho mayores. ¡Dichosas las almas que tienen fuerzas para hacerlos!... Para perdonar á mis enemigos creo que no necesito probar la desgracia. Si en mis tiempos felices los hubiera tenido, los habría perdonado del mismo modo. De la humildad no puedo vanagloriarme, porque no la tengo completa, yo sé que no la tengo; y en cuanto á los desaires y calumnias, escasa virtud hay en sufrir pacientemente los primeros, que bien poco valen. Las segundas, si existen, no han llegado á mis oídos.
—Pues sí, existen las calumnias, querida hija, eres calumniada y voy á decirte cómo, para que perdones á las bocas maldicientes.
—No es calumnia hablar de mi deshonra.
—No se trata de eso; se trata de verdaderas calumnias, de falsedades indignas y deshonrosas, propaladas por personas que se llaman amigas nuestras y que nos deben respeto y consideración, ó por lo menos, la caridad que á todos los cristianos nos une.
—Tristes son los desaires que me han hecho—repuso Gloria:—pero como hijos de una superstición grosera, no merecen gran atención.
—No me refiero al incidente del pollinito—dijo la señora.—Ya eso, después que ocupó bastante las lenguas de Ficóbriga, ha pasado á la historia. Me refiero á calumnias, á verdaderas calumnias que corren acerca de tu conducta. Esta mañana, hija mía, he pasado un rato de dolor y de vergüenza al oir contar...
La voz se ahogó en la garganta de la noble señora; pero haciendo un esfuerzo, continuó así:
—Teresita la Monja, una señora á quien siempre hemos guardado los de casa la mayor consideración, me dijo de tí cosas abominables. He necesitado de toda mi paciencia, de toda la mansedumbre y paz de mi alma para no llenarme de infame ira... Pero hija, ciertas cosas no se pueden oir... no... Oyendo á esa mujer, he tenido que hacer un esfuerzo colosal, sobrehumano, para ahogar en mi pecho la indignación... No he podido contestarle una palabra, y me he deshecho en lágrimas delante de ella y de sus amigas.
—¿Y qué dice de mí?—preguntó Gloria con perfecta tranquilidad.
—Es tan bestial y horrenda la calumnia, que me da vergüenza decírtela; pero te la digo, para que, apurando también este cáliz de amargura, tengas una ocasión magnífica de perdonar...