—¡Perdonar!

—Sí, de perdonar á esas mujeres, como las he perdonado yo. Ni aun quiero hacer comentarios de su maldad; ni siquiera las vitupero como te han vituperado á tí, y tan sólo digo: «Señor, perdónalas, porque no saben lo que se dicen.»

—¿Pero qué es?

—Te horrorizarás; mas no importa. Dicen que á las altas horas de la noche, cuando todos duermen en nuestra casa y en la villa, sales... sí, dicen que sales ocultamente para reunirte en paraje solitario, allá junto al cementerio, con el desgraciado autor de tu deshonra.

Gloria se quedó blanca, inmóvil y muda como mármol. Sin embargo, aquel estupor no indicaba en modo alguno la turbación de una conciencia sorprendida por la denuncia.

—Comprendo tu espanto—añadió la señora.—¡Oh! ¡Cuántas lágrimas he derramado hoy! ¡Oir estas cosas yo, yo, que pondría cien veces mi mano en el fuego por tu inocencia en este caso...! Quise responderles; pero la lengua se me entorpecía... Teresita se reía. ¡Si vieras con qué pérfida seguridad afirmaba haberte visto ella misma!

—¡Ella misma!

—Sí; dice que el lunes te vió. Era más de media noche. Ella había salido á asistir á una sobrina que estaba de parto, la hija mayor del escribano D. Gil Barrabás... Dice que te vió salir de la casa, tomar por la calle de la Poterna... En fin, no quiero atormentarte más. ¡Qué calumnia tan infame!

Era cierto que Teresita la Monja había propalado la atróz calumnia; bueno es asentarlo así, aunque ningún lector habrá puesto en duda la veracidad de la de Lantigua, persona incapáz de mentir. La horrible invención corrió de boca en boca por todo el círculo de beatas, neutralizando el buen efecto que produjera en Ficóbriga el rumor de la conversión del israelita.

—Al principio no creí prudente contarte estas abominaciones—añadió Serafinita con el acento de la lealtad más pura;—pero después he decidido que lo sepas, para que tengas el gusto inefable de perdonar á esas personas... No quiero darles ningún calificativo infamante; sólo pienso en perdonarlas y en rogar á Dios por ellas. ¡Oh! hija mía, este gozo de olvidar la calumnia y perdonar á los calumniadores, no es permitido sino al alma del cristiano. ¿Las perdonas?