Por la puerta de la casa vieja que da á la callejuela había salido una persona, la cual, uniéndose á otra que esperaba fuera, marchó precipitadamente hacia la plaza; después torcieron á la izquierda, entrando en la calle que conducía al centro de la villa.

—Sigámosles—dijo Morton.—Andemos á su paso y no hagamos ruído... La conozco... Es ella. En medio de las mismas tinieblas absolutas la conocería. El que la acompaña es Caifás. Morton les vió apartarse luégo de la vía central del pueblo, y dirigirse á la misma escalerilla donde él pasó parte de la noche del Domingo de Ramos.

—Van al cementerio—pensó lleno de estupor.—¿Qué es esto?

Gloria y Caifás subieron la escalera; pero en vez de dirigirse al cementerio torcieron á la izquierda, costeando la tapia. Iban á buen paso como quien tiene medido el tiempo. Daniel y Sansón les siguieron á conveniente distancia, por la orilla de un prado inmediato á las tapias.

—Que se nos van, que desaparecen—dijo Morton con angustia, apresurando el paso.

—Les detendremos, señor.

Los perseguidos, que un momento desaparecieron de la vista de los perseguidores, volvieron á ser vistos. Iban más de prisa, y pasando junto á las casuchas del arrabal, parecían tener intención de dirigirse á un camino estrecho que conducía á la carretera.

—Hay allí un bosque—dijo Morton apresurando más el paso.—Si se internan en él les perderemos de vista.

Pero entonces Gloria y su acompañante se detuvieron. Oyéronse rumores de un corto diálogo y la voz que se acostumbra dirigir á un caballo impaciente. Corrieron los perseguidores; pero no habían avanzado mucho, cuando vióse partir un breck, que llevaba al parecer más de una persona. El vehículo iba rápidamente en busca del camino real.