Morton no contestó nada.
—¡Ah, señor!—añadió Sansón sonriendo,— es verdad que yo no debo dar consejos, ni señalar el peligro á mi amo, porque el amo es siempre sabio y el criado necio; pero no puedo remediar el saber de memoria los proverbios de nuestra ley, que se me salen de la boca cuando menos lo pienso. Si el señor me diera su venia, le diría... «Vase en pos de ella luégo, como va el buey al degolladero, y como el loco á las prisiones para ser castigado... Como el ave que se apresura al lazo y no sabe que es contra su vida, hasta que la saeta traspasó su hígado.»
—Entremos por esta calleja—dijo Morton sin hacer caso de la erudición de su criado.—Aquella es la casa de Lantigua.
Habían llegado cerca de la plazoleta, ya bautizada con el nombre de Plaza de Lantigua, y allí se detuvieron.
—¿De modo, señor, que esta noche no iremos á pasear por la orilla del mar?—dijo Sansón.—¿Nos estaremos de centinela en este delicioso lugar, mirando la luna?
Morton, los ojos fijos en la casa de Lantigua, no atendía á la verbosidad salomónica de su sirviente, el cual continuó diciendo:
—«Ví entre los jóvenes un mancebo falto de entendimiento... El cual pasaba por la casa, junto á la esquina de aquella... A la tarde del día, ya que obscurecía, en la obscuridad y tiniebla de la noche... y hé aquí que le sale al encuentro una mujer astuta de corazón... Rencillosa y alborotadora, sus piés no pueden estar en casa.»
—Calla, idiota—dijo repentinamente Daniel, poniendo la mano en la boca de su criado, para tapar aquella fuente de sabiduría.—¿No ves?... por aquella puerta que está en la callejuela ha salido una mujer.
—Yo veo un hombre.
—Sí, un hombre la acompaña—dijo Morton con voz ahogada.—Sansón, Sansón, si pronuncias una sola palabra te estrangulo... Ocultémonos tras esta esquina, porque vienen hacia acá.