—¡Hombre, hombre!... señor de Urrea —dijo Nazarín dejando a un lado el hacha, para consagrarse a oír con calma las confidencias del parásito corregido.
—Pues verá usted... Mi prima quiere tenerme en Madrid. Ya está usted al corriente. Yo era un perdido; ella, con su infinita bondad, maestra de la virtud y destructora del pecado, me transformó; hizo de mí otro hombre, hizo de mí un niño; me infundió el miedo del mal, el amor del bien. Yo no me conozco. La tengo por una madre, y la obedezco en cuanto mandarme quiera; pero no puedo obedecerla en una cosa... repito que soy un niño... no puedo obedecerla en la disposición tiránica de vivir en Madrid, porque lejos de ella me asaltan tentaciones, o llámense recuerdos, de mi anterior vida mala, y la corrección que tanto ella como yo deseamos, no se afirma, no puede afirmarse.
—¡Hombre, hombre...!
—Ayer vine con propósito de hablarle de este asunto y pedirle que me dejase aquí; pero no tuve valor para decírselo. ¡Tanta gente delante...! Convénzase usted de que soy un niño, y de que el antiguo desparpajo del calavera se ha convertido en una timidez invencible... Palabra que sí... Pues me dijo que me volviera a San Agustín, y me volví; el caballo me llevó como una maleta, y hoy, sin darme cuenta de ello, movido de una irresistible fuerza, me he venido a Pedralba, me han traído las piernas, que antes se me romperán en mil pedazos, que volver a llevarme a Madrid. Y yo le pregunto a usted: ¿Se enojará mi prima? ¿Se obstinará en que viva lejos de ella? Porque ha de saber usted que he cometido una falta gravísima, una falta en la cual parecen reverdecer mis mañas antiguas, mi mal corregida perversidad. Verá usted.
—¿A ver, a ver...?
—Pues Halma me arregló en Madrid una pequeña industria para que yo trabajase, y adquiriera, como ella dice, una honrada independencia. Mientras Halma permaneció en Madrid, muy bien: yo trabajaba, y empecé a ganar dinero... Pero se va ella, quiero decir, se viene acá, y adiós hombre, adiós propósitos de enmienda, adiós trabajo y formalidad. Me entró una murria espantosa; yo no vivía, yo no comía, yo no pegaba los ojos. Una mañana..., no sé si fue un demonio o un ángel quien me tentó. ¿Qué cree usted que hice? Pues en un santiamén vendí todos los trebejos, máquinas, utensilios, papel; realicé, liquidé, y me vine acá.
—Con propósito de no volver a la Villa y Corte. ¡Pobre señor de Urrea! Ignoro cómo tomará la señora este arranque. Yo, sin autoridad para juzgarlo, no lo veo con malos ojos.
—¡Porque usted es un santo! —exclamó Urrea con ardor, levantándose del suelo para abrazarle—. Porque usted es un santo, y el ser más hermoso y puro que hay sobre la tierra, después de mi prima; y el que diga que Nazarín está loco, ¡rayo! el que se atreva a decir delante de mí tal barbaridad...!
—¡Eh... Señor de Urrea, calma, pues creeremos que el loco es usted...!
—Para concluir, señor Nazarín de mi alma, si usted intercede por mí, lo primero que debe decirle, después de darle cuenta de mi última calaverada, el traspaso de los trebejos, es que yo quiero que me admita aquí como a uno de tantos. Quiero ser un pobre recogido, un infeliz hospiciano. ¿Que se necesita hacer vida religiosa?... pues seré tan religioso como el primero. ¿Que se necesita trabajar en estos oficios rudos del campo? pues José Antonio será el más activo y el más obediente obrero que ella pueda suponer. Pónganme en el último lugar; aposéntenme en la cuadra que no se crea bastante cómoda para las caballerías; rebájenme todo lo que quieran. ¿Qué piden? ¿Humildad, paciencia, anulación? Pues aquí, bajo su gobierno, sintiendo su autoridad materna y su divina protección, yo seré humilde, sufrido y no tendré voluntad. ¿Que habrá que rezar largas horas? Yo rezaré cuanto ella y usted me enseñen. Las faenas rudas no solo no me asustan, sino que las deseo, y pienso que han de serme tan útiles para el cuerpo como para el alma... Y diciéndole usted todo esto, señor Nazarín, como usted puede y sabe decirlo, yo creo que... ¡Ah! se me olvidaba una cosa muy importante...