—Créame, señor de Urrea, en Pedralba, a estas horas, estaría usted soberanamente aburrido. ¿Sabe usted lo que hacen allá desde anochecido hasta que cenan? Pues rezar, rezar, y rezar que se las pelan, y usted, hombre de piedad muy problemática, cortesano al fin, chapado a la modernísima, huirá del santo rezo como los gatos del agua fría. ¡Si entiendo yo a mi gente... ah!... Verdad que también en San Agustín, en cuanto lleguemos, rezaré yo el rosario con Valeriana y algunas vecinas. Pero usted se puede ir con Láinez al casino, y cenar con él, y volver a mi modesta casa, a la suya, digo, a la hora que le acomode. En Pedralba, con el último bocado de la cena en la boca, se acuestan todos a dormir como unos santos. ¡Bonita noche iba usted a pasar allá! No, señor madrileño, con sus puntas de calavera, y sus ribetes de escéptico materialista, no está usted forjado en estas costumbres entre rústicas y monásticas. ¡El campo! ¡Pues poco que le cansará el campo! Para usted, ponerle de noche en medio de estas soledades, será lo mismo que si a mí me meten de patitas en un salón de baile. ¿Qué haría yo? Salir bufando. Suum cuique, señor de Urrea. Conque, no le pese venir conmigo. En el casino, entiendo que hay billar, tresillo, y se habla de política... lo mismo que en Madrid.

No consiguió el buen curita consolarle, y el alma del calavera arrepentido se ennegrecía más conforme se acercaban a San Agustín. Llegados al pueblo, resistiose a ir al casino. Desde la sala oía el rezo del rosario en el comedor; durante la cena hizo desesperados esfuerzos por aparentar alegría, y se retiró a la alcoba, impregnada del olor de paja. Le dolía la cabeza.

Interminable y tormentosa fue para él la noche; levantose muy temprano, acompañó a la iglesia a su digno amigo y anfitrión, y mientras este se despojaba en la sacristía de las vestiduras sacerdotales, José Antonio puso en práctica la idea concebida entre dolorosas vacilaciones al amanecer, resolución que, una vez compenetrada en su voluntad, adquirió la fuerza de un acto instintivo. Como escolar castigado, que se escapa del colegio, tomó el caminito de Pedralba, a pie, y al perder de vista las casas de San Agustín, sintiose más aliviado de su mortal ansiedad, y con valor para arrostrar lo que por tan atrevido paso le sucediese. Las nueve serían cuando avistó el castillo, y antes de acercarse, exploró las tierras circunstantes, dudando si hacer su entrada por el camino derecho, o por algún atajo. Esto era pueril, y sus vacilaciones, al término del viaje, denunciaban al colegial prófugo. No viendo a nadie por aquellos contornos, anduvo un poco más, y su vista prodigiosa le permitió distinguir desde muy lejos, en una ladera del monte, dos bultos, dos personas. Con un poco más de aproximación pudo reconocer a Nazarín y don Ladislao, que estaban cortando leña, y allá se fue, rodeando un buen trecho, para que no le viera la gente del castillo. Hablar con Nazarín antes de presentarse a la Condesa, le pareció un trámite muy oportuno, tras del cual ya vio, con fácil optimismo, solución satisfactoria. Al llegar junto a los dos leñadores, Nazarín, que desde lejos le había visto venir, no manifestó sorpresa. Vestía el cura ropas de Cecilio, calzaba gruesos zapatones, y su cabeza descubierta recordaba más al procesado del hospital de Madrid que al sacerdote de la rectoral de San Agustín.

—¡Hola, don Nazario...! ¿trabajando, eh?... Aquí me tiene usted otra vez. Pues he venido... ¿Conque cortando leña?

—Sí señor... Este ejercicio al aire libre me agrada mucho. La señora Condesa está buena, gracias a Dios. Parece que ha venido usted a pie.

—Un paseíto. No estoy cansado.

—Pues no pudimos arreglar el horno: tienen, que venir los albañiles. La señora me mandó a paseo, quiero decir, a que me paseara, y aquí estoy ayudando al amigo don Ladislao.

—Bien, hombre, bien. Pues yo quería... hablar con usted, querido Nazarín —balbuceó Urrea, abordando el asunto—. Usted es un santo, digan lo que quieran, y me ayudará a obtener el perdón de Halma, por haber vuelto acá sin su permiso.

—La señora es muy indulgente.

—Pero mi falta es más grave de lo que parece, porque he venido con propósito firme de quedarme aquí, y no salgo ya de Pedralba si no me sacan descuartizado. Óigame.