—Lo que usted disponga, señora mía, es ley —replicó don Remigio, ya con el pie en el estribo—. Si nuestro buen Nazarín prefiere quedarse, quédese en buen hora... Que lo diga él.
Con semblante confuso, y casi casi con lágrimas en los ojos, el peregrino respondió:
—Yo no determino nada.
—¿Pero usted qué prefiere?
—Pues, la verdad, estimando mucho la hospitalidad del señor cura, y ofreciéndole ponerme a su disposición para terminar aquellos apuntes y cuanto guste mandarme, hoy me quedaría, pues la señora Condesa así lo desea.
—Es que... verá usted, don Remigio, como tenemos tanta obra en casa, necesito que me ayuden mis buenos amigos. Hay que estar en todo, y cuantos viven aquí han de arrimar el hombro a las dificultades. Mañana pienso probar el horno de pan, y deshacerlo si no nos resulta bien. Conque...
—Que se quede, que se quede. Usted es aquí la santa madre, usted manda, y los hijos... a obedecer calladitos. Señor de Urrea, ¿no monta usted?
Lívido y tembloroso, Urrea no acertaba ni a despedirse airosamente de su prima. Era una máquina, no un hombre. Su tristeza le cogía todo el ser como una parálisis, matándole la voluntad. Montó a caballo, y partió con el cura y con Amador, sin saber que existía en el mundo un pueblo llamado, por buen nombre, San Agustín.
VI
Mientras Amador fue en compañía de los dos viajeros, menos mal. Don Remigio charlaba con él de montura a montura, dejando al otro en la libre soledad de sus pensamientos. Pero el bravo paleto se despidió en los Molinos (encrucijada de donde partía el sendero que a sus casas de la Alberca conducía), y ya solos el cura y el primo de la Condesa, desencadenó aquel sobre este todo el torrente de su locuacidad. Difícilmente, apurando sus donaires, logró sacarle del cuerpo alguna que otra palabra, y conociendo al fin que el motivo de su tristeza no era otro que el pronto regreso a San Agustín, quiso consolarle con estas compasivas razones: