—Yo que la señora Condesa, persistiría impertérrito en mi grandioso plan... contra el dictamen de los estripaterrones.

—Y yo, contra el ditame de los engarza-rosarios, digo que sí... no, digo que no... que sí.

—Si no sabe usted lo que dice, amigo don Pascual.

—¡Vaya! paz y concordia entre los príncipes cristianos —dijo doña Catalina risueña—. Por un exceso de consideración a mis huéspedes, me permito el lujo de darles una golosina: café.

Alabado y festejado por todos el obsequio, Amador y don Remigio lograron encontrar una fórmula de transacción entre sus opuestos pareceres. Al servir el café, doña Catalina pidió perdón por la pobreza y rustiquez de la comida, añadiendo que para otra vez tendrían pan bueno, hecho en casa, y menos desigualdades en vajilla y servicio de mesa.

Mientras las mujeres comían, salieron los hombres al patio, llevando cada uno su silla, y allí platicaron formando dos grupos. Don Remigio y Amador charlaban de los asuntos de Colmenar Viejo, de lo mal mirado que en la cabeza del partido estaba el cura titular, y de los esfuerzos que hacían los caciques para hacerle saltar de allí... Naturalmente, se gestionaría para que ocupase la vacante el curita de San Agustín. A otra parte hablaban Urrea, don Ladislao y Nazarín, preguntando el primero al segundo si seguía cultivando la música en aquel retiro, a lo que contestó el afinador que no le hablaran a él de músicas ni danzas, pues se hallaba tan contento y gozoso en su nueva vida, que había tomado en aborrecimiento todo su pasado musical y cabrerizo. La mejor ópera no valía ya tres pitos para él, y aunque le aseguraran que había de componer una superior a todas las conocidas, no quería volver a Madrid. Salió Nazarín a la defensa de arte tan bello, y le propuso que siguiera cultivándolo allí, pues se compadecía muy bien la música con la vida campestre. Y añadió que él se permitiría aconsejar a la señora Condesa que trajese un órgano, para que don Ladislao compusiera tocatas campesinas y religiosas, y les deleitara a todos con aquel arte tan puro y que hondamente conmueve el alma.

Con estos y otros paliques, fue llegada la hora de la partida, y Urrea no cabía en sí de inquietud, por no haber podido hablar a solas con su prima, ni esta decirle que se quedara, como era su deseo. El temor de que contestase con una rotunda negativa a su propósito de permanecer en Pedralba, le sobresaltó de tal modo, que no tuvo ánimos para formularlo. Tristeza infinita cayó sobre su alma cuando Halma le dijo en tono de maestro:

—Ahora, José Antonio, te vas por donde has venido, y sin mi permiso no vuelvas acá, ni abandones las ocupaciones a que deberás una independencia honrada.

Con tal autoridad pronunció estas palabras, que el calavera arrepentido no tuvo aliento para contradecirlas y exponer su deseo. Sentíase tan inferior, tan niño, ante la que le gobernaba en sus sentimientos y en su conducta, que no pudo ni pedirle menos severidad, ni explicarse con ella sobre la pesadísima y cruel condena que le imponía. Verdad que estaban delante Nazarín y los forasteros, y no era cosa de hacer ante ellos el colegial mimoso. Faltaban tan solo minutos para la partida, cuando la Condesa dijo al curita de San Agustín:

—Señor don Remigio, si usted no se opone a ello, se quedará en el castillo el amigo don Nazario, porque si es bueno para la salud el ejercicio del entendimiento, no lo es menos el corporal, y conviene que alternen. Ya concluirá más adelante esa gran recopilación de los Discursos de la Paciencia.