Lo más extraño de aquella singular comida fue que las mujeres no se sentaron a la mesa. Las tres, funcionando con igual destreza y alegría, servían a los señores. Luego comían ellas en la cocina. Esta era una costumbre medieval, que Halma no alteraba jamás por consideración alguna. Diéronles una sopa muy substanciosa hecha con hierbas diferentes, patatas picadas muy menudito y golpes de chorizo; luego un plato de carnero bien condimentado, vino en abundancia, postre de requesón de la Sierra, leche con bizcochos de Torrelaguna, y a vivir. Sobria y nutritiva, la comida fue saboreada con delicia por los forasteros, que no cesaron de alabar el buen trato de Pedralba, y la pericia de las tres marmitonas.
Entre la sopa y el carnero llegó inopinadamente don Pascual Díez Amador, administrador que fue de la finca, y propietario vecino, pues suya es la dehesa extensísima que linda por Poniente con Pedralba. Dos o tres veces por semana visitaba a la Condesa, caballero en su jaca torda, para ver si se le ofrecía algo. Era un hombre mitad paleto, mitad señor, lo primero por el habla ruda, por la camisa sin cuello y el sombrero redondo, lo segundo por las acciones nobles, por el andar grave, que hacía rechinar las espuelas. Una faja encarnada parecía separar el lugareño del hidalgo, o más bien empalmar las dos mitades. Tanto afecto había puesto en doña Catalina, que dispuso que dos de sus guardias jurados estuviesen de punto noche y día en la casa de abajo, para que la señora descansase en la persuasión de una absoluta seguridad. Muchos días caía por allí en su jaca a la hora de comer, otros a cualquier hora, en que también comía. Su cara redonda, episcopal, crasa y mal afeitada, despedía fulgores de patriarcal soberanía, de conformidad con la suerte, sin duda por ser esta de las más próvidas y felices.
—¡Hola, Remigio!... señora doña Catalina..., don Nazario..., don Ladislao, aquí estamos todos...
Los saludos duraron hasta después que el gordinflón paleto-señor tomó asiento sin ceremonia, disponiéndose a comer cuanto le diesen. Porque, eso sí, hombre de mejor diente no lo había en todo el partido judicial, con la particularidad notable de que no sabía ponerse tasa en la bebida.
—¿Sabe usted lo que estábamos hablando, amigo don Pascual? —dijo el curita de San Agustín—. Que esta es una gran finca, y que es lástima no trabajarla.
—¡Hombre, a quién se lo cuenta! Si estos señores Feramores no tienen perdón de Dios... ¡Menuda brega tuve yo con el Marqués actual y con el otro, para que tiraran aquí veinte o treinta mil durillos! Sí, lo digo: era sembrarlos hoy, para coger el día de mañana, cinco años más o menos, tres o cuatro millones. Y esto solo con el ganado, que metiéndonos a ponerlo todo de labrantío... ¡Jesús, oro molido...! Es una tierra esta, que no la hay mejor ni donde están las pisadas de la Virgen Santísima, ea.
Don Pascual se incomodaba al tocar este punto, viéndose precisado a sofocar su enojo con copiosas libaciones. Y como siguieran hablando del mismo asunto, concluyó por expresar una idea muy atrevida.
—Yo que la señora Condesa..., digo lo que siento, sin ofender, ea..., pues yo que la señora, me dejaría de capillas y panteones, y de toda esa monserga de poner aquí al modo de un convento para observantes circuspetos y mendicativos, dedicando todo mi capital a...
—Poco a poco —replicó vivamente don Remigio—, no paso por eso. Lo espiritual es lo primero.
—¡Potras corvas! ¿Y de qué sirve lo espertual sin lo... sin lo otro?