—Nadie me ganará —afirmó Urrea con emoción—, en venerar y adorar a mi prima, mirándola como lo que Dios nos permite ver de su presencia en esta tierra miserable. Que me admita, y ninguno, ni usted mismo, me aventajará en sumisión, ni en considerar a nuestra maestra y señora como una madre. Si quiere someterme a una prueba de acatamiento, que no me hable, que no me mire, que me dé sus órdenes por conducto de usted o de otro cualquiera, y yo viviré calmado y satisfecho solo con sentirme cerca de ella, bajo su dulce despotismo. Admirándola, aprenderé el amor de Dios; y su perfección, relativa como humana, me dará el sentimiento de la absoluta perfección divina. Ella será mi iniciación de fe; por ella seré religioso, yo que he sido un descreído y un disipado, y ahora no soy nada, no soy nadie, hombre deshecho, como un edificio al cual se desmontan todas las piedras para volverlas a montar y hacerlo nuevo.
—Bien, señor, bien —indicó Nazarín, impresionado vivamente por esta declaración, y sintiendo una gran simpatía hacia Urrea—. Ya se acerca la hora de comer. Bajaré, y hablaré a la señora. Y otra cosa: ¿usted no come?
—¿Yo qué he de comer? Mientras usted no le hable, yo no bajo al castillo. Cuando vuelva, don Nazario, tráigame un pedazo de pan.
—Espéreme aquí.
—Y acabaré de partirle aquellos troncos; así voy aprendiendo a aprovechar el tiempo —afirmó Urrea desembarazándose de la americana y cogiendo el hacha.
—Como usted quiera. Adiós. Ladislao, ya es hora: vamos.
VII
Con infantil ardor, alentado por las esperanzas que la mediación de Nazarín le infundía, el parásito la emprendió con los troncos; pero al cuarto de hora de estrenarse en el oficio de leñador, tuvo que moderar sus bríos, porque se sofocaba y un sudor copioso brotaba de su frente. Luego volvió a la carga, conteniéndose en la medida de sus naturales fuerzas, y mientras más troncos partía, más vivo era el contento que inundaba su alma. ¡Ah, pues si le fuera permitido meterse de lleno en aquella vida! Aprendería mil cosas gratas, como arar, sembrar, escardar, cuidar aves y brutos, hacerse amigo de la tierra, súbdito del reino vegetal y campestre. Y no se le haría cuesta arriba en tal ambiente la vida religiosa, ascética, privándose de todo regalo y hasta de hablar con gente. No tendría más amigos que los animales, y esclavo del terruño, conservaría libre y gozoso el pensamiento para elevarlo a Dios a todas horas del día. En estas cavilaciones le cogió la vuelta de Nazarín, a eso de la una y media. Cuando le vio venir, con su reposado paso de siempre, sin anticipar con su mirada albricias ni desengaños, el corazón se le saltaba del pecho.
—La señora —manifestó el cura mendigo, cuando estuvo a tiro de palabra—, dice que baje usted a comer.
—Pero...