—Nada, que baje usted a comer. No me ha dicho nada más.

—¿Sigue usted aquí cortando leña?

—No, hoy es jueves, y toca explicar la Doctrina a los niños. Aquilina les ha dado la lección. Cuando la señora tenga organizada la escuela, todos alternaremos en la enseñanza.

—Hasta eso haría yo, si ella me lo mandara: domar chicos, y meterles en la cabeza el a, b, c. ¡Quién me lo había de decir...! En fin, voy. ¿Sabe usted que estoy temblando? ¿Y qué tal? ¿Se enfadó al saber...?

—Se mostró más compasiva que enojada.

—Eso ya es buen síntoma. Voy... ¿Y he de ir ahora mismo?

—Ahora mismo, pues le tienen preparada la comida.

—No tengo apetito... ¿Y de veras no dijo que soy una mala cabeza?... ¡Oh, qué bondad, qué santidad, Dios mío! ¡Ni siquiera recriminarme! ¿Cómo no adorarla lo mismo que al Dios que está en los altares? Nada, verá usted cómo me perdona, y me admite, y... El corazón me dice que sí. Procede como la Divinidad, la cual, según ustedes, concede todo lo que se le pide con fe y compunción. Yo tengo fe en ella, querido Nazarín, y derramo lágrimas del alma solo por sentirme bajo su divino amparo. Vamos allá, que seguramente usted, que es también santo, habrá intercedido gallardamente por este infeliz. Lo dicho, dicho: el que se atreva a sostener que Nazarín está loco, se verá con José Antonio de Urrea. No lo tolero... mi palabra que no...

—Sea usted juicioso, amigo mío.

—¡Locura la piedad suprema, locura la pasión del bien ajeno, locura el amor a los desvalidos! No, no... Yo sostengo que no, y lo sostendré delante del cura y del juez y del Obispo y del Papa, y del mundo entero.