—No alborotarse, y vaya comprendiendo que en Pedralba no se disputa, ni se sostienen opiniones más que por quien puede y debe hacerlo. Los demás, a obedecer y callar. ¿Usted qué sabe si yo soy loco o soy cuerdo?

—¿Pues no he de saberlo?

—Ea, basta... Vamos pronto, que la señora nos aguarda.

Bajaron, y cuando Urrea entró en la casa y en el comedor más muerto que vivo, lo primero que le dijo su prima, poniéndole la comida en la mesa, fue:

—Pero, hijo, estarás desfallecido. ¿Por qué no bajaste a comer con Nazarín y don Ladislao?

Echose Urrea de rodillas a sus pies, diciendo con trémula voz que él no probaría bocado mientras no recibiera el perdón que humildemente solicitaba.

—Eres un niño —le dijo Halma—. Come, y después hablaremos... Pero como eres un niño grande, y con resabios mañosos, hay que sentarte un poquito la mano. Come con calma, pobrecito... ¿Tú quieres hierro? Pues hierro. Yo no contaba contigo para esta vida, porque nunca creí que la resistieras. Se hará la prueba con todo el rigor que exige tu pasado y las malas costumbres que todavía conservas.

Comiendo y suspirando, por momentos risueño, por momentos conmovido hasta derramar lágrimas, José Antonio le dijo que por grande que fuera el rigor de la prueba, no lo sería tanto como su energía y tesón para resistirla, y que a todo se hallaba dispuesto con tal de vivir bajo la santa autoridad de Halma. No le arredraban las cuestas por agrias que fuesen. ¿Cuesta religiosa? pues a ella. ¿Cuesta de trabajos rudos, como de presidiario? pues a ella.

Como llegara don Pascual Amador, se habló de otros asuntos. Iba el paleto hidalgo a llevar a la señora unos documentos de la Alcaldía de Colmenar para que los firmara, y se despidió después de tomar un vasito de vino.

—Don Pascual —le dijo Halma, entregándole la cartera que poco antes le había dado su primo—. Hágame el favor de guardarme eso. Son...