—Nueve mil seiscientas cincuenta —apuntó Urrea.
—No lo necesitaré —añadió la Condesa—, hasta que emprenda la roturación del prado grande. Porque me decido, señor don Pascual, me decido. Hay que sacar del suelo de Dios todo lo que se pueda. La huerta la empezaremos el lunes, rompiendo la tierra con los brazos que aquí tengo. Mire usted, mire usted que obrerito se me ha entrado por las puertas...
Celebró mucho Amador los nuevos propósitos de la señora, que concordaban con sus ideas del fomento de Pedralba, y partió a vigilar a los jornaleros que tenía en la Alberca.
—Para hacer boca —dijo Catalina al neófito—, me vais a desescombrar, entre tú y los sobrinos de Cecilio, las ruinas estas, hasta descubrirme el suelo.
—Ahora mismo.
—Ten calma. Esta tarde vas al cuarto bajo de la torre, donde provisionalmente tenemos la escuela, y oirás la explicación de la Doctrina Cristiana... Como has estado cortando leña, esta noche tendrás unas agujetas horribles. Descansas, y mañana, a lo que te he dicho, como preparativo para faenas más penosas.
—Para mí no hay nada difícil estando aquí.
—Vivirás en la otra casa, con Cecilio. Esta noche arreglarás tu cama en el pajar, como Dios te dé a entender. ¿No has dormido tú nunca sobre un montón de paja? Yo sí, allá muy lejos de España... y en aquellos días de abandono y miseria, me pareció el colmo de la incomodidad y de la humillación. Hoy me sería indiferente.
—Me instalaré muy gustoso en el pajar.
—Esta noche, en la nota de los encargos que ha de traer de Colmenar el tío Valentín, pondremos: un chaquetón de paño pardo para ti, unos zapatos gruesos, de lo más grueso que haya, una faja, una montera... Verás qué elegante estás. Como en tu domicilio no hay espejo, podrás mirarte en el charco de la fuente. Y cuando venga la pareja de bueyes, aprenderás a uncirlos, a manejarlos. ¿Sabes tú lo que es un arado, y el peso que tiene? Pues ya te irás enterando. Comerás con nosotros, pues aquí no debe haber más que una mesa para todos los habitantes de la ínsula. Día llegará en que Cecilio y su gente, y el tío Valentín, comamos reunidos. Mañana, si las agujetas no te estorban mucho, después que hayas tomado el tiento a las piedras de las ruinas, vuelves a partir un poquito de leña... No quiero que estés ocioso ni un momento. La prueba tiene que ser seria, para que yo pueda formar de ti un juicio seguro, y te considere capaz o incapaz de compartir nuestra vida. Pues aguárdate, que luego vendrán los ejercicios religiosos, el madrugar con el alba, las mortificaciones, la asistencia de enfermos... ¡Ah! todavía no te has hecho cargo de la gravedad de lo que deseas y pides. Tú, hombre de salones, hombre sin principios, inteligencia demasiado sensible a la actualidad, a lo nuevo y reciente, te has dejado influir por esas rachas de ideas que vienen del extranjero, lo mismo que las modas del vestir, del comer y del andar en coche. Te cogió la ventolera religiosa, que suele soplar de vez en cuando, lanzada por las tempestades que recorren furiosas el mundo, y ya tenemos a Urreíta delirando por lo espiritual, como deliraría por un autor nuevo, o por la última forma de sombreros o trajes. Y te vienes acá con una piedad de aficionado, que no es lo que yo quiero, ni nos hace falta ninguna.