—No es eso, no es eso —replicó José Antonio con acento persuasivo—. Yo quiero creer, yo anhelo parecerme a ti, conservando la distancia entre mi monstruosa imperfección y tu...
—Basta: no me gusta la palabrería lisonjera.
—Mi aspiración es volver a empezar, más claro, volver a nacer. Me he muerto; resucito hijo tuyo, y esclavo tuyo. Encárgame de los oficios más bajos y humillantes, y en cosas de religión lo más difícil. ¿Asistir enfermos has dicho? Nazarín me enseñará.
—En eso y en otras muchas cosas, buen maestro tuyo y mío puede ser.
En esto pasó Nazarín por delante de la ventana del comedor, cambiadas ya las ropas de leñador por las de cura. Iba al ejercicio de Doctrina, y ya los rumores de algazara infantil anunciaban que la familia menuda se reunía en la sala provisionalmente destinada a escuela.
—Allá voy yo también —dijo Urrea viéndole pasar—. Quiero ser como los pequeñitos. Verdaderamente, ese hombre me parece divino, y por él, por la influencia que sin duda tiene en ti, he conseguido tu perdón. ¿Qué te dijo, qué razones alegó en mi favor?
—No hizo más que contarme lo que habías hecho.
—¿Y tú...?
—Le pedí su parecer sobre la resolución que debía tomar contigo.
—¿Y él...?