—Me dijo que debía admitirte.
—¡Prima mía —exclamó Urrea con exaltación, braceando por alto—, al que me diga que ese hombre está loco, le mato!... ¡ah, no!
Llevose la mano a la boca como para contener la palabra, y volver a meterla para adentro.
—No, no le mato, dispensa. Pero le... Tampoco... Lo que haré será decir y proclamar, contra la opinión de todo el mundo, que no es demente, que no puede serlo, que el mayor de los contrasentidos sería que lo fuese... Y tú crees lo mismo, Halma, no me lo niegues: tú crees lo mismo.
—¿Tú qué sabes?... Silencio, y a la Doctrina.
—Voy.
QUINTA PARTE
I
Durante tres, cinco, diez, no sé cuántos días, corrieron los sucesos mansamente y como por carriles en el castillo de Pedralba, y sus campos y montes circunstantes, notándose en todo, cosas y personas, el impulso que les diera con firme mano la organizadora de aquella singular familia. Pero aún faltaba mucho para que la idea total de la noble señora se viera íntegramente realizada, porque las deficiencias de local no podían remediarse pronto, y en diversos detalles de organización surgían a cada instante obstáculos que solo la constancia y buena voluntad de todos vencerían al cabo. La roturación de la huerta dio mucho que hacer, por la dureza del terruño y por la dificultad de dotarla de aguas. Como no era fácil ni económico traerla de la fuente por un viaje de arcaduces, se abrió un pozo, en cuya excavación no fue preciso ahondar más que veintitantos pies para encontrar agua abundante. A las dos semanas de empezadas las obras, ya había varios bancales plantados de arvejas, alubias, coles y otras hortalizas de ordinario consumo. Provisionalmente se cercó la huerta con piedra y espinos. La pareja de bueyes no se hizo esperar, y a los tres días de aquellos trajines, ya sabía Urrea manejar a los pacientes animales, como si les hubiera tratado toda la vida. Pronto les tomó cariño, y no habría cambiado su compañía silenciosa por la de amigos de la especie humana, como tantos que había conocido en su primera vida.