Las faenas más rudas no abatían el ánimo del calavera arrepentido: el constante y metódico ejercicio corporal, si al principio le causaba fatiga, no tardó en fortalecerle. La idea de ser hombre nuevo se arraigaba tanto en su conciencia, que creyó haber criado nueva sangre, echado nuevos músculos, y hasta que le habían sacado todos los huesos viejos, para ponérselos flamantes. De su apetito no digamos: no recordaba haberlo tenido igual desde la infancia. Muchos días comía en el monte con el pastor, o con los sobrinos de Cecilio (de quienes se hablará después); y aquella pitanza frugal y sabrosa, que le llevaban en un pucherete Aquilina, Beatriz, o la misma Condesa, le sabía mejor que los más refinados manjares de las mesas cortesanas. Pues cuando improvisaban cena o almuerzo al aire libre, cocinando con escajos y palitroques, sobre un trébede, en la sartén del pastor, unas rústicas migas o cosa tal, el hombre gozaba lo indecible, y daba gracias a Dios por haberle llevado a la vida salvaje. ¡Y luego el sosiego del espíritu, la paz de la conciencia, la seguridad del mañana...! Nada podía compararse a semejantes bienes, nuevos para él. Todo cuanto del mundo conocía, de un orden distinto radicalmente, parecíale una pesada broma del destino. Porque la vida de ciudad, durante los años que a veces sin razón se llaman floridos, de los veinte a los treinta, ¿qué había sido más que suplicio sin término, humillación, ansiedad, y cuanto malo existe? ¡Bendito salvajismo, bendita barbarie, que le permitía lo más elemental, vivir!

Los Borregos, que así nombraban a los dos sobrinos de Cecilio, trabajadores a jornal en la finca, fueron los primeros compañeros de vivienda del improvisado salvaje, y no tardaron en ser sus amigos, maestros también en todo aquel rústico manejo. Más bárbaros no los había criado Dios; pero tampoco más sencillotes ni de corazón más noble y sano. Al principio, la epidermis moral de Urrea se lastimaba un poco al rozarse con la corteza dura de aquellos infelices; pero no tardó en criar callo, y si él al contacto se endurecía, los otros indudablemente se suavizaban. Por las noches, al tumbarse sobre la paja rendidos, en el breve rato que al sueño precedía, charlaban los tres, explicándose cada cual según sus luces, y allí vierais confundida la barbarie y la cultura, el fácil discurso y la jerga torpe, la inteligencia y la superstición. El Borrego mayor, chicarrón de veintidós años, despuntaba por su guapeza descocada y algo insolente; no solo se conceptuaba hombre capaz de medirse en buena lid con el más pintado, sino que en lo tocante al oficio de labrador no daba su brazo a torcer ni a los más peritos. Todo se lo sabía; jactábase de conocer los secretos de la tierra y de la atmósfera. Planta que él hincara en el suelo, de fijo arraigaba y crecía como ninguna. Había inventado sin fin de reglas de fisiología vegetal, de las cuales ni una sola fallaba, según él, en la práctica. Sobre la fecundación, sobre las épocas de siembra y trasplante, y la influencia misteriosa de las fases de la luna en la vida de las plantas, contradecía con el mayor descaro el criterio de los labradores viejos, defendiendo el suyo con arrogante terquedad. A Urrea le encantaba este carácter inflexible, tenaz, basado en un furibundo amor propio. Y más de una vez se preguntó: «En otra esfera, con otra educación, Bartolomé, ¿qué sería?» El segundo Borrego era lo contrario de su hermano, humilde, de voluntad perezosa, que fácilmente se amoldaba a la voluntad ajena, corto de palabras, algo melancólico, curioso y preguntón. Gustaba de que le contaran guerras, aventuras y sucesos extraordinarios, y se enloquecía con las estampas, toda suerte de muñecos pintados, aunque fueran los de las cajas de cerillas, que le parecían tan hermosos como a nosotros los cuadros de Rafael y Velázquez. Y Urrea se decía: «Isidrico en otra esfera y educado como los muchachos finos, ¿qué sería?»

Con estas reflexiones estudiaba José Antonio la Humanidad, al paso que obtenía de la observación de la Naturaleza útiles enseñanzas. En su anterior vida, no se había fijado en multitud de fenómenos que le causaban maravilla. Hasta el cielo estrellado, en noches claras y sin nubes, atraía su atención como cosa nueva y desconocida. Lo había visto, sí, infinitas veces; pero nunca lo había visto tan bien, ni recreádose tanto en su hermosura. Con esto, nuevas ideas iban sustituyendo a las antiguas, que al modo de hoja seca se caían y eran arrebatadas por el viento. Y todo el nuevo retoño cerebral venía fuerte, anunciando una foliación y florescencia vigorosas. Él no cesaba de repetirlo: era como nacer dos veces, la segunda por milagro de Dios, en edad de hombre, conservando el recuerdo de la primera encarnación para poder comparar, y apreciar mejor las ventajas de la segunda.

Pocas veces tenían ocasión de hablarse Halma y su primo en aquellos comienzos de la vida rústica, porque él trabajaba lejos de la casa. Por la noche, después del rosario, o si cenaban en comunidad, la señora le exhortaba en pocas palabras a seguir en aquel ordenado comportamiento. Esto y los saludos de ritual, cuando por acaso se encontraban en el campo, eran su única relación de palabra. Pero en espíritu, Urrea no la separaba de sí: noche y día pensaba en ella, o se la imaginaba, transfigurándola a su antojo. Nada más grato para él que apreciar en los actos y expresiones de sus compañeros el gran respeto que la señora les inspiraba. Y de tal modo en él mismo se había fortalecido aquel respeto, que cuando la veía venir, se turbaba como un chiquillo vergonzoso. Y por mucho que se estimara en su nuevo estado de conciencia, cada día sentía crecer la distancia entre ambos, porque si él se elevaba, ella subía desaforadamente.

No eran pasados quince días de aprendizaje, cuando el novicio recibió por Nazarín órdenes de trasladar su residencia. El buen clérigo peregrino había estado tres días en San Agustín, acabando de extractar el divino libro de la Paciencia, con empleo casi sublime de la suya, y de vuelta a Pedralba, hizo limpieza, sin auxilio de nadie, de los dos aposentos de la torre. Allá se estuvo toda una mañana, blanqueando las paredes, lavando los pisos de baldosín, y extrayendo como podía cuanta mugre había en los rincones.

—Aquí estarás mejor que allá —dijo a Urrea por la noche, dándole posesión de su nuevo domicilio, y mostrándole cama limpia y bien mullida, y los muebles de madera relucientes—. Esto, querido Urrea, lo hago por ti, que estás acostumbrado a la primera de las comodidades, que es el aseo. Aquí la señora nos enseña a ser nuestros propios criados, y yo te doy el ejemplo...

—¡Vaya un ejemplo! Me lo da usted contrario, haciéndose mi sirviente.

—No, bobito. Lo que yo hago esta semana, lo harás tú la próxima.

Nazarín le tuteaba desde los primeros días, porque era en él añeja costumbre. Poco fuerte en tratamientos, no abandonaba la forma familiar más que ante personas de muchísimo respeto, como la Condesa, don Remigio y otros tales.

—Bueno —dijo el neófito—, yo no veo aquí más que una cama. ¿Acaso tiene usted la suya en ese mechinal de al lado, junto a la escalera de piedra?