—Eso que llamas mechinal es un aposento precioso. Pasa y examínalo. Tiene el suficiente espacio para mi lecho, que es esta tarima forradita en una manta... ¿ves? ¡Qué lujo, qué gala!... y como yo, aquí, no he de dar bailes, no necesito más cabida. ¿Ves? echadito en mi tabla, con la cabeza toco en la pared de acá, y aún me falta una tercia para tocar con los pies en la de enfrente. ¡Y si vieras qué abrigado es esto! Lo que tiene es que en obscuridad compite con la boca de un lobo; pero como yo no estoy aquí durante el día, y de noche puedo encender luz, si quiero, me acomodo tan ricamente. En peores alcobas y camas he dormido yo mucho tiempo.
—Ya lo sé. Por eso está usted como está, y le tienen por hombre sin seso. En fin, si ha de haber penitencias y privaciones, dénmelas a mí, y verán qué pronto las acepto.
—¡Penitencias, privaciones! Dios te las irá mandando cuando menos lo pienses. Por el pronto, ¿no dices que te gustaba la holgada libertad del pajar? Pues fastídiate. Ya no vuelves allá. ¡Aquí, en la torre, preso! aguantando mis sermones, si se me ocurre endilgarte alguno, rezando conmigo, sí señor, todo lo que a mí me dé la gana.
—A eso estamos, padre Nazarín; pero en esta casa de la igualdad, debemos alternar en las comodidades, digo, en las mortificaciones. Una noche duermo yo en la cama y usted en la tarima, y a la noche siguiente, cambiamos.
—Eso lo veremos. No hay tanta igualdad como crees, ni debe haberla. Por de pronto, yo estoy por encima de ti en edad, saber y gobierno, y si te mando dormir en cama blanda, tendrás que fastidiarte.
Al volver de cenar en el castillo, y antes de recogerse, charlaron otro poco.
—Pepe —le dijo Nazarín, sentándose en su tarima—, ¿sabes una cosa? Después de cenar, mientras saliste a fumar tu cigarrito, la señora me encargó que te advirtiese...
—¿Qué?
—Nada, no te asustes... ¡Si creerás que es algo de cuidado!... Y si lo es, hijo, yo no lo sé... Pues que te advirtiera que si mañana, o pasado, vamos, don Remigio y el señor de Amador te dicen alguna cosa desagradable, algo que te lastime, procures no incomodarte. Tú no has aprendido aún a sofocar la cólera, y en eso has de poner mucho cuidado, José Antonio, porque la cólera es pecado muy feo. Ya sabes que cuantos vivimos aquí hemos de ser sufridos, mansos y afrontar con semblante sereno la ofensa, el ultraje mismo. Esto tienes que aprenderlo, Pepe, y probar tu paciencia en la práctica, en la realidad. Si no, estás de más en Pedralba.
—¿Pero qué es eso que me van a decir el cura y Amador? ¡voto al hijo de la Chápira! —gritó Urrea, disparándose.