—Temprano empiezas —dijo Nazarín acercándose al lecho en que el otro acababa de tumbarse—. ¡Pero, hombre, te estoy amonestando...!

—¡A mí!... ¡decirme a mí!... ¿Pero qué?

—¿Lo sé yo acaso, hijo de mi alma?

—¡Oh! usted lo sabe, padre Nazarín, y si no, lo adivina, porque usted lee en el pensamiento de las personas, y penetra las más recónditas intenciones.

—Que no sé, te digo... Cumplo mi encargo, y me callo. La señora me manda advertirte que, oigas lo que oyeres, no te enfurezcas, ni siquiera muestres enfado. Ella lo manda, Pepe.

—Pues si ella lo manda, antes me vea muerto que desobediente... Pero no sé, querido Nazarín, no sé lo que me pasa. Con lo que usted me ha dicho..., siento que mi ser antiguo rebulle y patalea, como si quisiera... ¡Ay! no se vuelve a nacer, ¿verdad? No muere uno para seguir viviendo en otra forma y ser. Un hombre no puede ser... otro hombre.

—Indudablemente... uno no puede ser otro —dijo el apóstol sonriendo benévolamente—. No canses tu cerebro con sutilezas. Déjalo descansar en el sueño.

—No podré dormir.

—Rezaremos. Te contaré cuentos. Te arrullaré como a los niños.

—Ni aun así dormiré... Mi tristeza, no sé qué punzante inquietud me desvela.