—Yo no quiero que estés triste, Pepe. Imítame a mí, que siempre vivo en una alegría templada.

—¡Oh, si pudiera...! Y no solo la tristeza. Paréceme que tengo fiebre. Yo voy a caer malo.

—Si caes malo —replicó el curita manchego, clavando en él una mirada penetrante—, yo te cuidaré... y te salvaré de la muerte.

—¡La muerte...! —exclamó Urrea con abatimiento, cerrando los ojos—. ¿Para qué defenderse de ella, cuando es la mejor, la única solución?

—No te cuides tú de tu muerte. Dios se cuidará de eso. Ahora, hijo mío, a dormir.

—A dormir, sí... ¿Usted lo manda?

—Lo deseo...

Callaron, y poco después Urrea dormía, teniendo por guardián vigilante a Nazarín, el cual, sentado junto al lecho, rezaba entre dientes.

II

Al día siguiente, hallándose el salvaje en la huerta, sintió el trote de un caballo. Creyendo que se aproximaba don Remigio, miró con sobresalto. Pero no; era Láinez, el médico de San Agustín, que iba dos veces por semana a Pedralba, a celebrar consulta para todos los pobres circunvecinos. Habíale ajustado la señora para este servicio, temporalmente, mientras se arreglaba la instalación de un médico fijo en la casa, para visitar y asistir a los enfermos de todo el término. Se conocían los días de Láinez en que desde el amanecer asomaban por aquellos vericuetos innumerables personas de cara hipocrática, lisiados y cojos, unos con los ojos vendados, otros con la mano en cabestrillo, este llevado en un carro, aquel arrastrándose como podía. La consulta duraba toda la mañana, y por la tarde visitaba el doctor, por encargo expreso de la Condesa, a los enfermos que vivían más próximos.