—Para mí ha venido con un fin interesado —dijo el doctor mirando fijamente al otro caballero—, y si me apuran, añadiré que con un fin siniestro...

—¡Hombre, tanto no!

—Se verá... Al tiempo.

Llegados al sitio de separación, se detuvieron para concertar el día y hora en que debían reunirse con don Remigio para convenir en la forma y manera de ilustrar mancomunadamente a la señora de Pedralba sobre punto tan delicado. Puestos de acuerdo, cada cual siguió su camino.

Y dos días después, hallándose Urrea en el monte, vio venir tres hombres a caballo por el sendero de San Agustín. A pesar de la distancia enorme a la cual se detuvieron, su vista prodigiosa les conoció al instante, y el corazón le dio un tremendo vuelco. Con furia insana descargó tremendos golpes sobre el tronco del árbol que partiendo estaba, y el leño, en el gemido que parecía exhalar al recibir el hachazo, le decía: «Hablan de ti, y hablan mal.»

Urrea les miraba, suspendiendo a ratos su tarea para volver a ella con terrible ímpetu muscular, y le decía al tronco: «En tu lugar quisiera coger a los tres.» Observó que cerca de la finca, los jinetes se detenían, cual si tuvieran algo importante que discutir y concertar antes de meterse en Pedralba.

Don Remigio, alzándose nervioso sobre los estribos, y tan poseído de su asunto como si en el púlpito estuviera, les dirigió esta retahíla, que más bien arenga o sermón debía llamarse:

—Señores y amigos, la cosa es grave, y es nuestro deber acudir prontamente al remedio, auxiliando con desinteresado consejo a la persona que tantos bienes ha traído a esta mísera tierra. Evitemos que las intenciones de la santa Condesa sean defraudadas por un libertino. Si yo le hubiera conocido, cuando por primera vez llegó a San Agustín, habríale cortado el paso de Pedralba... ¡Ah, conmigo no se juega! Pero yo estaba en la mayor inocencia respecto a ese caballerete, y le agasajé en mi modesta casa, y le traje aquí. En la misma inocencia candorosa vivían ustedes, mis buenos amigos, hasta que al fin, los tres, por noticias fidedignas, hemos caído a un tiempo de nuestros respectivos burros. Ahora bien...

—Permítame un momento el señor cura —dijo Amador, acordándose de una idea que debía ser agregada a los autos—. Una palabra nada más: lo que tiene indignado al señor Marqués, a la familia, y a todos los títulos de Madrid, es que, habiéndole dado a doña Catalina su legítima sin merma ni descuento... Porque han de saber ustedes que parte de la tal legítima había sido consumida por la señora allá en tierras del Oriente. Pues bien: el señor Marqués, por darle gusto a don Manuel Flórez, que era un alma de Dios, no quiso descontar los suplidos, y entregó a su hermana el total de la herencia, o sean cuarenta mil y pico de duros, creyendo que iba a ser empleado en obras de la religión bendita... ¿Qué resultó? Que a los pocos días de entregarle el caudal, este pillo de Urrea le sacó un óbolo de cinco mil duros... Lo que digo, la Condesa es un ángel, y como ángel no debiera andar suelto. Opino yo que a los ángeles...

—Ya sabíamos lo de los cinco mil duros —dijo don Remigio, anhelante de recobrar la palabra—. Lo que ustedes no saben es que poco antes de venir la señora a Pedralba, ese aventurero le proponía una contrata para traer acá las cenizas del Conde de Halma, encargándose él de todo por otros cinco mil pesos.