—Es un punto terrible —indicó Amador—. El Marqués dice, y tiene razón: «doy mis intereses para el cultivo de la fe y el fomento de la caridad, mas no para que un perdido se ría de Dios, de mi hermana y de mí».
—Muy bien dicho —prosiguió el cura, cogiendo la palabra con propósito de no soltarla más—. Pues yo, que por añeja costumbre dialéctica, me voy siempre derecho a las causas, y cuando veo un mal, busco el origen para atacarle en él, lo mismo que hace Láinez con las enfermedades, en este caso, advirtiendo que corren sucias las aguas, me voy al manantial, y... en efecto, allí veo... En fin, señores, que todo lo malo que advertimos en Pedralba, proviene de los vicios de origen, de la defectuosa fundación. La idea de la señora Condesa es hermosa, pero no ha sabido implantarla. La primera deficiencia que noto aquí es que no hay cabeza. Y esto no puede ser. Para que la institución marche, y se realice el santo propósito de la Condesa, es preciso que al frente del establecimiento haya un director, y para que tenga mucha autoridad, conviene que el tal director sea un eclesiástico. Declaro que no tendría yo inconveniente en desempeñar la plaza, a pesar del mucho trabajo y responsabilidad que puede traer consigo. Procuraría dar ejecución práctica y visible a las ideas, a los elevados sentimientos de caridad de la santa señora, y, modestia a un lado, creo que no me sería difícil conseguirlo... Redactaría constituciones, en las cuales derechos y deberes estuvieran muy claritos. Marcaría la raya entre lo espiritual, prima facies, y lo temporal, que es lo secundario... Daría denominación al instituto, estableciendo un distintivo, el cual podría ser una cruz o varias cruces, de este o el otro color, que yo llevaría cosidas en mi manteo... y si no yo, quien quiera que aquí mandase con el nombre de Rector, Mampastor, o Guardián... Pero si es mi propósito convencer a nuestra amiga de la necesidad de una dirección, no está bien, ya lo comprenden ustedes, que yo a mí mismo me proponga para ese modesto cargo. Y no es ambición, conste que no es ambición: en último caso sería sacrificio, y de los grandes; pero a esas estamos. De modo que si la señora, por inspiración divina, admite mis razones, y me designa, no tendré más remedio que bajar la cabeza, con beneplácito del señor Obispo, y mientras Su Ilustrísima no creyera conveniente disponer de mi inutilidad para una parroquia de Madrid.
Asintieron los otros dos con monosílabos. La cara de don Remigio echaba chispas.
III
—Pues si el señor cura me promete no enfadarse —dijo Láinez después de una pausa, en la cual se aseguró bien de sus ideas—, me permitiré manifestarle que si apruebo lo de la dirección, pues sin dirección, o llámese cabeza, no hay nada, no estoy de acuerdo con que el director sea sacerdote. Que haya un eclesiástico, o dos, o veinticinco, para lo pertinente al gobierno espiritual, muy santo y muy bueno. Pero, o yo no sé lo que me pesco, o la señora Condesa ha querido fundar un instituto higiénico, hablando más propiamente, un sanatorio médico-quirúrgico, con vistas a la religión.
—¡Hombre!
—Déjeme seguir: El socorro de la indigencia, el alivio del dolor humano, la asistencia de los enfermos, la custodia de los locos, la práctica, en fin, de las obras de misericordia, da una importancia desmedida al elemento médico-quirúrgico-farmacéutico. Yo soy muy práctico, reconozco la importancia del elemento sacerdotal en un organismo de esta clase; es más, creo que el tal elemento es indispensable; pero la dirección, señores, opino, respetando el parecer del señor cura, opino, entiendo yo... que debe ser encomendada a la ciencia.
—¡Hombre, por Dios, no sea usted...!
—Permítame...
—No, si no es eso. Equivoca usted los términos...