—¡Vaya, hombre! Yo concedo...
—¡La ciencia! Medrados estaríamos...
—Yo concedo...
—Distingamos, señores...
Y un rato estuvieron los tres quitándose uno a otro la palabra de la boca, y tiroteándose con pedazos de expresiones.
—Yo concedo —dijo Láinez, consiguiendo al fin acabar una frase—, que la piedad, la fe sean el corazón de este organismo; pero la cabeza no puede ser más que la ciencia.
—¡Potras corvas! que alguna vez me ha de tocar a mí —gritó Amador furioso, viendo que don Remigio rompía nuevamente, y que no había manera de atajarle—. ¿Digo yo, o no digo mi parecer? Porque si ustedes se lo parlan todo, ¡caracoles! estoy aquí de más... Pues entro en el ajo como tercero en discordia, y digo que los señores propinantes barren para dentro, cada cual mirando por su casa y oficio, este para la Iglesia, este para la Facultad. Pues yo digo que ni lo juno ni lo jotro, ¡caracoles! y que la dirección debe ser administrativa, lo dicho, administrativa. Porque aquí lo primero es asegurar la olla para todos, y no se asegura la olla sino trabajando la tierra, y sabiendo después cómo se distribuye el fruto entre estas y las otras bocas. Bueno que tengamos el elemento tal..., religión, bueno; el elemento cual..., medicina, bueno. Pero para que estos puedan concordarse y vivir el uno enclavijado en el otro, se necesita del elemento primero, que es el trabajo, el orden, la cuenta y razón, la labranza de la tierra, y esto no puede hacerlo la Iglesia ni la Facultad. ¡Ah! como ustedes no le saquen su fruto a la tierra, a fuerza de machacar en ella, ¿con qué potras van a sostener la institución? ¿de dónde van a salir estas misas? En Pedralba, lo primero es poner la finca en condiciones, pues... Hoy da cuatro; debe y puede dar cuarenta, y cuando los dé, vengan pobres, y vengan tullidos, y dementes, y tiñosos, y ciegos, para sanarlos a todos. Lo demás, es andarse por las ramas, y empezar las cosas por el fin. La dirección debe ser agrícola y administrativa, y aquí no hay más pontífice del campo que este cura, yo mismo, y para concluir, sepan que esos son los deseos del señor Marqués de Feramor, según carta que tengo aquí y que puedo enseñarles.
Callaron un rato el médico y el cura, como agobiados bajo la pesadumbre del último argumento presentado por Amador; pero el ingenioso don Remigio no tardó en recobrarse, y con nuevos y sutiles razonamientos, pegó la hebra en esta forma:
—¡Pero mi querido Amador, si el señor Marqués no es quien ha de decidirlo! No niego yo su respetabilidad, ni su autoridad, ni sus excelentes deseos; pero hay que desengañarse, el señor Marqués no toca pito, no puede tocarlo en un asunto que es de exclusiva competencia de su señora hermana.
—Hemos convenido, amigo don Remigio —dijo Amador—, en que la Condesa es un ángel...