—Un ángel del cielo...

—Los del cielo no sé; pero los de la tierra necesitan curador. Dejemos a la virtuosísima, a la celestial doña Catalina de Halma entregada solita a sus piedades, y a las blanduras de su corazón, y dentro de dos años tendrá la finca embargada.

—Se equivoca usted, Amador. La señora sabe cuidar de sus intereses.

—Pero la señora no labra las tierras, cree que con labrar el cielo basta, y el trigo y la cebada, ¡caracoles! y los garbanzos y las patatas, no veo yo que nazcan de nubes arriba.

—También arriba nacen, señor de Amador, y nuestro Padre celestial, que da ciento por uno, derrama sus dones sobre los que con fervor le adoran.

—Si yo no siembro, nada cogeré, por más que me pase el día y la noche engarzando rosarios y potras. Don Remigio, todo eso del misticismo eclesiástico y de la santísima fe católica, es cosa muy buena, pero hace falta trigo para vivir. Señores, pongámonos en el ajo de lo positivo. Coloquémonos bajo el prisma de que el primero de los dogmas sagrados es la alimentación.

—¡Hombre!...

—La alimentación he dicho, ¡caracoles! Díganme: donde no hay manutención, ¿qué hay?

—No exageremos —replicó Láinez, que un gran trecho había permanecido silencioso—. Concediendo toda la importancia al aspecto administrativo, yo creo que la dirección... no nos apartemos del tema, señores, creo que la dirección no debe ser agrícola ni administrativa. Esto no es una granja.

—Yo digo que sí, una granja hospitalaria y monacal.