—No es eso.

—Y aunque lo fuera —añadió el médico—, la dirección debe correr a cargo de la ciencia, que todo lo abarca, la ciencia, señores, que...

—¡Hombre, no nos dé usted más la tabarra con su cansada ciencia! Porque francamente, si en estas cosas, nos pone usted a la religión bajo la férula de una casquivana como la ciencia, la religión tendrá que inhibirse y decir: «allá vosotros».

—No señor, porque la ciencia...

—En resumen —chilló don Remigio, algo quemado—, que usted propondrá a la señora que le nombre jefe omnímodo de Pedralba, con poder sobre el director espiritual y sobre todo bicho viviente.

—¡Oh, no vengo yo aquí a trabajar pro domo mea! Pero si doña Catalina de Halma se digna tomar en consideración mi dictamen, y después de establecer la dirección científica, me hace el honor de designarme para ese puesto, no rehusaré, no señor, tendré a mucha gloria el desempeñarlo.

—Pero como la señora no aceptará tal desatino, mi querido Láinez... No se enfade, no quiero ofenderle...

—Paz, señores, paz —dijo Amador notando en Láinez temblores del bigotillo pegado, y en don Remigio una vertiginosa movilidad de los ojos, las gafas, la nariz y las manos—, y ya que no nos pongamos de acuerdo, no llevemos a la señora, en vez de consejo sano y prudente, un embrollo de mil demonios.

—Está en lo cierto el amigo Amador —manifestó don Remigio recobrando su habitual placidez—; la verdad es que hemos olvidado la cuestión concreta, en la cual estamos de acuerdo, para meternos en una cuestión constituyente, que nosotros no hemos de resolver; al menos hasta ahora la ilustre dama no nos ha consultado sobre la manera de organizar el Instituto Pedralbense. ¿Estamos conformes en que debemos aconsejarle la eliminación, no digo la expulsión, la eliminación del acogido don José Antonio de Urrea?

—Sí —contestaron los otros.