—¿Todavía por aquí, don Manuel?
—¿Quiere quedarse a comer?
—Gracias mil. Ya saben que no como a estas horas. Mi chocolatito, y a la cama como un ángel. Consuelo, buenas tardes.
—¿Y cuándo tendremos el gusto de volver a verle por aquí? —le preguntó el Marqués.
—Ese gusto lo tendrán ustedes mañana.
—El disgusto será de usted.
—Quizás... Pero en fin, mañana hablaremos. Abur, abur.
Requirió el manteo, y se fue, dejando a su buen amigo un tanto caviloso con aquel anuncio de conferencia, que debía de ser, se lo decía el corazón, alguna extravagancia de su señora hermana la Condesa. Preparose, pues, prejuzgando todos los órdenes, de razonamientos con que podría embestirle don Manuel, y le aguardó tranquilo. Las diez no eran todavía cuando el sacerdote entró en la casa, y ambos en el despacho, sentaditos a uno y otro lado de la mesa, hablaron largo tiempo. El Marqués, si le dejaban, era un águila para las amplificaciones; pero Flórez sabía ser lacónico y contundente cuando el caso lo exigía. La confianza autoritaria, de superior a inferior, con que le trataba, por haber sido su maestro antes de la partida de Feramor para Inglaterra, facilitaba mucho a don Manuel las fórmulas de concisión.
—Ya, ya me lo figuraba —dijo el Marqués, oída la breve exposición que hizo don Manuel de su visita—. Desde que usted me indicó anoche... Bajaba usted de su cuarto, donde estuvo en cónclave con ella toda la tarde... En seguida comprendí. Mi señora hermana desea que le entregue su legítima.
—Exactamente.