—¿Y para eso tanto misterio, y conferencias tan largas entre usted y ella? ¿Por qué no me lo dice? ¿Acaso me niego a entregarle lo suyo? ¿Por ventura no tengo mis cuentas bien claras, y mi conciencia muy tranquila, y todos los asuntos tan en regla, que fácilmente podría contestar a cuantas objeciones se me hicieran? Vea usted, vea usted...
Y diciendo esto sacó un legajo cuyo rótulo decía: «Cuenta de las cantidades suplidas a mi señora hermana Catalina...»
—Ya, ya —dijo el clérigo continuando de memoria la lectura del rótulo—. «Suplidos en Madrid cuando se casó... y después en Sophia, Constantinopla, Corfú...» Dame acá.
Y tomó los papeles, y sin dignarse pasar por ellos la vista, con resolución firme y calmosa empezó a romperlos, no pudiendo hacerlo con todo el legajo de una vez, por ser demasiado grueso.
—¡Qué hace usted, don Manuel! —exclamó el Marqués abalanzando su cuerpo por encima de la mesa, pero sin atreverse a quitarle al otro de las manos los papeles que rompía pausadamente, echando los pedazos en una cestita próxima.
—Ya lo ves... Hago lo que tú harías si fueras como Dios y yo queremos que seas, lo que harás seguramente si reflexionas en ello... Déjame, déjame que deshaga toda esta podredumbre...
—Pero...
—No hay pero que valga. ¡Si has de concluir por aprobarlo, y ayudarme a romper los que quedan! Hijo mío, tengo de ti mejor idea de lo que parece, y aunque te empeñes en disimular tu buen corazón con esas apariencias de egoísmo que te impone la sociedad, no has de conseguirlo. Ya, ya estás comprendiendo que debes entregarle a tu hermana su legítima íntegra, y que esa resta infame que tenías preparada no es propia de un caballero cristiano... como debes ser... como eres, lo digo y lo repito, como eres.
—¡Don Manuel!
—Don Manuel te quiere mucho, y cuando te ve desfigurado por el egoísmo, que todo lo contamina, te rehace a su gusto... Yo quiero que seas conforme al tipo de caballero cristiano que quise formar en ti cuando te llevaron a tierras de ingleses metalizados. No pongas esa cara compungida, ni abras esos ojazos, Paco, amigo mío y discípulo amado. Los anticipos que hiciste a tu hermana son miserias... miserias para ti, que eres rico; y si retienes esas cantidades al entregarle su legítima, rebajas tu dignidad, y te pones al nivel de la gente mal nacida. Prueba que eres noble, no solo de nombre, sino de hechos, y perdónale a tu pobre hermana las limosnas que le hiciste, que si el no dar limosna es cosa fea, el reclamar la que se dio es cosa feísima, plebeya, vil.