—Permítame usted, mi querido Flórez —dijo el Marqués palideciendo, sin ningunas ganas de ceder, pero también sin ánimo para oponerse al rasgo de su amigo y maestro—; permítame usted que le diga que no es esa la manera de tratar las cuestiones de intereses. Discutamos...
—Eso es lo que tú quieres, discutir, porque en ello siempre llevas ventaja. Pues yo aborrezco las discusiones; soy muy poco parlamentario. ¿Y para qué habíamos de discutir? Ya han desaparecido en pedacitos mil tus famosas cuentas. Mía es la responsabilidad de este crimen de lesa majestad... económica. Pero mi conciencia está tranquila, y aquí donde me ves, al romper tus papelotes he sentido en mi interior un goce vivísimo. ¡Si tú eres bueno, si tú mismo no sabes lo bueno que eres! Ea, voy a echármelas de parlamentario. Discusión: planteo el debate. Seré breve, muy breve. Escúchame. Tú eras rico, tu hermana pobre. Tú habías hecho un buen casamiento, bajo todos puntos de vista; tu hermana lo había hecho detestable. Tú eras feliz, ella desgraciada. ¿Qué menos podías hacer que socorrerla en su miseria, cuando aún no podías entregarle su legítima, por no estar ultimada la testamentaría? La socorriste, fuiste buen hermano, buen caballero, y ahora, cuando ella te pide la herencia de vuestro padre, te adelantas gallardamente y le dices: «Querida hermana, toma lo que te pertenece, y olvida los sinsabores que te causé, como yo olvido los socorros que te di.» Esto hace un prócer, esto hace un caballero, esto hace el primogénito de una casa ilustre que hoy se encuentra en posesión de grandes riquezas.
—No me deja usted hablar... ¡Pero don Manuel de mi alma...!
—Si estoy yo en el uso de la palabra, como decís allá. Después hablará su señoría, que aún tengo mucho que decir... Sigo. Pues me figuro que tengo delante de mí a tu padre, o mejor aún, que el hombre que tienes frente a ti, no soy yo, sino aquel bonísimo aunque desordenado Pepe Artal, mi noble amigo. ¿Por qué me decidí a romperte todo este papelorio? Porque tenía la seguridad de que él lo hubiera roto. No era yo, era él, quien lo rompía. Hago revivir ante ti la imagen, más que la memoria, de tu padre, para que le imites en este caso, aunque en otros me guardaría muy bien de presentártelo como modelo. ¡Ah!... Paco mío, tu padre era un perdido... digo, tanto como un perdido no, era una mala cabeza, el desbarajuste, la imprevisión. Cabeza de trapo, corazón de oro. ¡Qué corazón el de Pepe Artal! Era el caballero español, dispuesto a todas las barbaridades imaginables; pero también generoso, verdaderamente noble y magnánimo. El pobrecito no conoció a los economistas ingleses, ni siquiera por el forro. Había oído hablar con grandes encarecimientos de los políticos de allá: Lord Palmerston, Pitt, qué sé yo; pero él no les conocía más que yo a los sacerdotes de Confucio. Creía que todo lo bueno ha de traer una marca que diga Londón, y se empeñó en que tú habías de entrar en el mundo social y político con esa etiqueta. Fuiste allá, volviste hecho un inglesote. Vales mucho, yo no lo niego. Serás capaz de arreglar la Hacienda española... trabajo te mando... como has arreglado la tuya. Tienes grandes cualidades, algunas muy raras aquí, y que nos hacen mucha falta; pero careces de otras, quizás las más elementales... Pero yo, que te quiero tanto, tanto, te cojo, como se coge un muñeco o cualquier figurilla de materia blanda, y te retuerzo, y te doy una gran vuelta, hasta enderezar en ti lo que me parece torcido, y hacerte a mi gusto... Conque se acabó el discurso. Quedamos en eso: en que le entregarás a tu hermana su legítima sin escatimarle las sumas con que acudiste a sus necesidades en los tiempos de su extrema pobreza... ¿Estamos? Pues bien, ahora, yo que soy un gran embustero cuando el caso llega, subiré a ver a Catalina, y le soltaré una mentira muy gorda, pero muy gorda...
—¡Qué!
—Que tú, por tu propia iniciativa, como saliendo de ti, ¿me entiendes? has tenido ese rasgo. Que yo no te he dicho nada, que los papeles los rompiste tú, mejor, que ya los habías roto; en fin, yo me entiendo.
—¿Y eso dirá usted a mi hermana?
—Eso mismo, tal como lo oyes.
—Pues no lo creerá —dijo Feramor, sonriendo por primera vez después del sofoco que acababa de pasar.
—Tanto peor para ella y para ti... Pero sí lo creerá. Basta que se lo diga yo.