—Poco te ha durado el buen acomodo del cuartito de la torre: tú y el padre tendréis que iros a la casa de abajo, porque necesitamos alojar aquí a tres ancianitas. Se os llevarán las camas allá. Ten paciencia, Pepe. Para eso y para todo te recomiendo la paciencia, sin la cual nada de provecho haríamos aquí.

Y no dijo más, ni él se atrevió a expresar cosa alguna, pues al intentarlo se le ponía un nudo en la garganta. La señora, después de dar a cada cual la orden de trabajo para el día siguiente, se retiró. A Beatriz le tocaba aquella noche la función de conserjería, cerrar puertas y ventanas, apagar fuegos y luces, cuidando de que todos, media hora después de la cena, entrasen en sus respectivos aposentos. Buscándole las vueltas para cogerla sola, Urrea pudo cambiar con ella algunas palabras, cuando atrancaba la puerta del Norte, después de cerrar el gallinero.

—Beatriz, por lo que más quieras en el mundo, dime qué han venido a tratar con mi prima esos tres facinerosos.

—¡Jesús, yo no sé!

—Sí lo sabes. Dímelo por Dios.

—Te has olvidado de una de las principales reglas que nos ha impuesto la señora. Aquí no se permite contar lo que pasa, ni llevar y traer cuentos. Cada cual ocúpese en desempeñar su trabajo, sin cuidarse de lo que digan o hagan los demás.

—Es verdad... Pero como sin duda se trata de alguna conspiración contra mí, tengo que defenderme.

—Yo no sé nada, José Antonio, no me preguntes.

—Pues dime solo una cosa. ¿Ha llorado mi prima?

—Eso no puedo negártelo, porque bien se le conoce en los ojos.