—¿Y sabes el motivo?
—¡Oh, el motivo!... Que no puede hacer todo el bien que quiere. Su alma tiene grandes alas; pero la jaula es corta... Y no más. Silencio te digo, y retírate.
No tuvo más remedio el pobre novicio que meterse en su aposento de la torre, donde encontró a Nazarín de rodillas frente a la imagen del Crucificado. El farolito que alumbraba la estancia estaba en el suelo: iluminadas de abajo arriba las dos figuras vivientes y el estrambótico mueblaje, resultaba todo de un aspecto sepulcral. En el profundo abatimiento de su espíritu, Urrea se creyó en un panteón. Echándose en la cama, como para tomar la postura del sueño eterno, y sin esperar a que el apóstol peregrino acabase su rezo, le dijo:
—Padre, ¿se fijó usted en los ojos de mi prima?
—Sí, hijo mío —replicó el clérigo, siguiendo de hinojos, y moviendo tan solo la cabeza para mirarle—. La señora Condesa, nuestra reina, nuestra madre, ¡ay!, ha llorado mucho.
—¿Se enteró usted del conciliábulo?
—Sé que llegaron juntos esos tres señores, y estuvieron aquí largo rato. Como no me importa, ni es cosa de mi incumbencia, no tengo más que decir.
—Creo firmemente que se han reunido para expulsarme de aquí, y que obedecen a intrigas de mi primo Feramor. Me lo dice el corazón, me lo dice la tierra cuando la labro, los troncos cuando les pego con el hacha, me lo dicen los bueyes cuando les pongo el yugo. No puede haber equivocación en esto; el vivir en medio de la Naturaleza, rodeado de soledad, le hace a uno adivino.
—Si eso fuera cierto —dijo Nazarín levantándose, y acudiendo a él con ademán afectuoso—, si en efecto, por estas o las otras razones, se te mandara salir de Pedralba...
—Ya sé lo que usted me dirá... que me vaya, es decir, que me muera.