—Estamos aquí para la obediencia, para la resignación, para no tener voluntad propia. Ya me ves a mí: toma mi ejemplo.

—¿Pero usted no considera que lanzarme de aquí es ponerme en brazos de la muerte?

—¿Por qué? Dios velará por ti.

—¿Y a dónde voy yo, padre?

—Al mundo, a otra soledad como esta, que encontrarás fácilmente. Búscala, que nada abunda tanto en la tierra como la soledad.

—No, no: yo, fuera de aquí, soy hombre concluido. Halma debe suponer que mi expulsión de Pedralba es mi sentencia de muerte. Dígaselo usted.

—Yo no puedo decir eso a la señora, ni nada. Asilado como tú, la regla me prohíbe hablar al superior, cuando este no me habla. Contesto a lo que me preguntan, y nada más.

—Pues se lo diré yo, le diré que desconfíe de esa gente infame...

—No hables mal, no injuries, no aborrezcas.

—¡Ah! Nazarín es un santo: yo quisiera serlo, pero la maldad antigua, la que existe allá en los sedimentos del corazón no me deja.