—Porque tú quieres. Lucha con tus malas pasiones, pídele a Dios auxilio, y vencerás. Es menos difícil de lo que parece. Si alguien te causa agravios, perdónale; si te injurian, no respondas con otras injurias; si te hieren, resístelo y calla; si te persiguen en una ciudad, huyes a otra; si te expulsan, te vas, y donde quiera que estés, arranca de tu corazón el anhelo de venganza para poner en él el amor de tus enemigos.
—Y haré todo eso, que es muy hermoso, sí, muy hermoso —dijo Urrea con ligerísima inflexión irónica—; pero antes de adoptar vida tan santa, quiero despedirme del mundo con una satisfacción: le cortaré la cabeza a don Remigio, que es el alma de este complot indigno.
—Hijo mío, parece que estás loco —díjole Nazarín, posando la palma de su mano sobre la frente ardorosa del calavera reformado—. Pero qué absurdos se te ocurren. ¡Matar!
—¿Pues no me matan a mí?
—Privarte de estar aquí no es darte la muerte.
—Me la daré yo si me arrojan.
—Bah, eres un niño; pero yo estoy al cuidado tuyo, y procuraré que no hagas mañas.
—No puedo, no podré vivir fuera de aquí... Cuando salga, o me arrojaré con una piedra al cuello en el primer río por donde pase, o buscaré un abismo bien negro y profundo que quiera recoger mis pobres huesos.
Su pecho se inflaba. Una opresión fortísima en la caja torácica le impedía expulsar todo el aire recogido por sus ávidos pulmones. Se ahogaba; le faltó la voz, y de su garganta salía un gemido angustioso. Al fin rompió a llorar como un niño.
—Llora, llora todo lo que quieras —le dijo el curita manchego sentándose a su lado—. Eso es bueno. Las penas de la infancia, con el lloro quedan reducidas a nada.