—¡Ah, bendito Nazarín —exclamó Urrea entre sollozos, estrechándole la mano—, soy muy desgraciado! Reconozca usted que no hay infortunio como el mío.

—Pues hijo, de poco te quejas. Tú eras malo, muy malo, tú mismo me lo has dicho. La señora Condesa quiso corregirte, y lo ha conseguido hasta un punto del cual no ha podido pasar. Pero luego viene Dios a completar la obra, te coge por su cuenta, y te manda adversidades y amarguras para que con ellas puedas alcanzar tu completa reforma. Bendice la mano que te hiere, resígnate, anúlate, y sentirás en tu alma un grande alivio.

—No podré... no podré... —replicó José Antonio, afectado de una gran inquietud nerviosa—. Usted, como santo, ve todo eso muy fácil... y naturalmente, por ser usted así, dicen que está loco... No lo está, yo sé que no lo está... pero por eso lo dicen, por no ser usted humano como yo... Fórmeme a su imagen y semejanza, hágame divino, y entonces... ¡ah! entonces yo también perdonaré las injurias, y bendeciré la mano negra de don Remigio que me hiere, y la boca sucia de Láinez que me escupe.

Y como si le pincharan, saltó del lecho, gritando:

—No puedo, no puedo estar en ese potro... Necesito salir, respirar el aire, ver las estrellas...

—Salir al campo es imposible: la regla no lo consiente, y además, la puerta está cerrada.

—Pues yo quiero salir, correr... ver el cielo.

—Abriendo la ventana lo verás. Ven: ahí lo tienes. ¡Cuán hermoso esta noche!

Ambos contemplaron un instante el estrellado firmamento, y ante la inmensidad muda, indiferente a nuestras desdichas, Urrea sintió crecer su inmensa pena. Retirándose de la ventana, dijo suspirando:

—Padre Nazarín, si usted me quiere, hable de esto con mi prima.