—Yo no puedo hablar de esto ni de nada. ¿Qué soy yo aquí? Nadie, un triste acogido. Ni tengo autoridad, ni voz, ni opinión, y solo en caso de que la señora me preguntara, le manifestaría mi humilde parecer. Calificado de demente, me han puesto en esta santa casa al amparo de la sublime caridad de la Condesa de Halma. Figúrate tú si es posible que esta pida consejo a un hombre cuya razón se cree perturbada, y si yo a dárselo me atreviera, figúrate el caso que haría de mí.

—Catalina, como yo, no cree que nuestro querido Nazarín padezca de enajenación. Esas son vulgaridades en que un espíritu superior como el suyo no puede incurrir. Sabe que usted posee la verdad divina, y que su voz es la voz de Dios...

—No digas desatinos, Pepe. Confórmate con lo que el Señor disponga de ti. No luches contra su poder... entrégate.

Urrea se arrojó en una silla, abatiendo sus brazos como un hombre rendido de luchar.

—Aunque usted todo lo sabe y todo lo penetra —dijo después de una larga pausa—, yo necesito confiarle cuanto hay dentro de mí. Más que por deber, lo hago por necesidad, porque el corazón no me cabe en el pecho, porque me ahogo si no le cuento a alguien mi pena, la causa de mi pena, y la imposibilidad del remedio de mi pena.

—Pues sentémonos aquí, y cuéntame todo lo que quieras, que si no tienes sueño, yo tampoco, y así pasaremos la noche.

Tanto y tanto habló Urrea que, al concluir, ya palidecían las estrellas, y se difundía por el cielo la purísima luz del alba.

V

A las nueve de la mañana, Halma y Beatriz, en un cuarto de los altos, daban las últimas puntadas en las sábanas y colchas para las camas de las viejas que pronto entrarían en la comunidad de Pedralba. Con tiempo por delante, trabajo entre las manos, y sin testigo que las cohibiese, hablaron largamente.

—Conque ya ves —decía la Condesa—, cuando yo pensaba que en esta soledad no vendrían a turbarnos las pasiones que hemos dejado allá, resulta que la sociedad por todas partes se filtra; cuando creíamos estar solas con Dios y nuestra conciencia, viene también el mundo, vienen también los intereses mundanos a decir: «Aquí estoy, aquí estamos. Si te vas al desierto, al desierto te seguiremos.»